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—Confieso—reanudó Valle, tras una pausa en que apuró la cuarta taza de té—que el anochecer, pese a todas las profecías, no me había hecho efecto. Si bien la puesta del sol tenía efectos de luz muy bellos, es lo cierto que el paisaje había defraudado mis esperanzas y que la vista no me indemnizaba del trabajo que me costara subir, ni de la noche de frío que se nos preparaba. Aquello estaba demasiado alto y desde allí daba la impresión de estarse viendo todas las cosas en un mapa de relieve; la distancia borraba los detalles que con sus contrastes forman el encanto del paisaje, su movimiento, como si dijéramos, y quedaba una naturaleza de mundo muerto, una perspectiva árida de cataclismo geológico. Veíanse los lagos como manchas grisosas, los pueblos borrosos, los bosques de pinos fingían sombríos borrones, y las enormes cadenas de riscos parodiaban la osamenta de imposibles monstruos.

El ascenso, para mí, poco hecho a tales hazañas, había sido penoso en demasía. Desde las siete de la mañana, en que había comenzado, hasta las cinco de la tarde, que llegamos allí, fue la excursión una marcha continuada, sin más que breves minutos de descanso y una parada más larga en el Seigfred Palace (última estación elegante de la montaña) para almorzar. Confieso que ni el paisaje ni las peripecias me compensaron del cansancio, y que así, poco a poco, fuese apoderando de mí un humor de todos los demonios. Miss Decency, en cambio, parecía rejuvenecida, más ágil, alegre y emprendedora que nunca. Hasta había perdido algo de su habitual sequedad y hacíase más comunicativa y parlanchina. Un color saludable invadía sus mejillas, y sus ojos, cansados, relucían llenos de viveza. Rota su corrección británica, hablaba al guía en alemán, le hacía preguntas, bromeaba con él. Realmente, la dama era incansable.

Y así fue todo el día. Delante, el tirolés, un mocetón fornido, musculoso y ágil, ataviado a la moda del país; las piernas, medio desnudas, en las gruesas polainas de lana; pantalón de pana verde, sostenido por bordados tirantes; blanca camisa, que, desabrochada, dejaba el robusto cuello al descubierto; chaquetón de paño al hombro, y caído sobre la oreja un fieltro verde con enhiesta pluma de águila; detrás, la inglesa, y, por fin, yo, lamentable, arrastrándome trabajosamente en su seguimiento. Ya arriba, izaron las tiendas de campaña para pasar la noche (una para la buena señora y otra para mí, pues el guía dormía sobre unas mantas, a la intemperie), y disponíamonos a descansar, pues era preciso levantarse a las tres de la madrugada, para ver la salida del sol.

Envuelto en amplio abrigo intenté dormir, pero el frío y la intensidad misma de mi cansancio me tenían nervioso, impidiéndome conciliar el sueño. Al fin, desesperado, me alcé del improvisado lecho y salí al aire libre.

La noche era bellísima; en el cielo azul y luminoso, la luna brillaba como una patena de plata. A la pálida claridad del satélite, las cumbres nevadas tenían una desolación infinita de paisaje astral. Un silencio augusto me envolvía, y a mis pies, borrados por las tinieblas, las minuciosidades, los abismos, eran misteriosas sombras, rotas de vez en cuando por el espejo de un lago que reflejaba la luna. De improviso oí un quejido, un lamento de angustia, una imploración de auxilio. Permanecí quieto, reconcentrado, prestando una atención anhelante. El quejido volvió a escucharse más desgarrado que la primera vez. Ahora dime cuenta exacta de que venía de la tienda en que dormía la inglesa. Y el guía, ¿qué había sido de él? Angustiado por la soledad en que seguían escuchándose siniestros los lamentos, hice un esfuerzo para dominarme y me aproximé a la tienda. Junto a ella me detuve, y, conteniendo hasta la respiración, escuché. ¡Ya no me cabía duda! Se estaba cometiendo un crimen. Tembloroso, horrorizado, alcé con precaución un pico del lienzo y ahogué un grito. En el suelo, en confuso montón a que la claridad lunar daba imprevistos claroscuros, luchaban la dama y el tirolés. Era una lucha salvaje, feroz, trágica y grotesca, en que se agitaban, se contorsionaban, se retorcían, en posturas absurdas. Medio desnudos, jadeantes, se revolcaban en el lecho de nieve. Una de las piernas de la vieja, enfundada en una media escocesa a cuadros verdes, rojos, amarillos y azules, se agitaba en el aire. ¡El guía estaba violando a miss Decency! Mi primer impulso fue acudir en su socorro; pero en aquel momento él dejose caer al suelo, y la púdica saltó sobre él. ¡Era ella, ella la vestal sagrada, la que atentaba al pudor del pobre chico! Retrocedí anonadado, y silenciosamente volví a mi lecho.

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Al cesar las risas, el marqués siguió su historia:

—A la mañana siguiente, miss Decency vino a buscarme. Su rostro resplandecía; semejaba así en el arrobol de las mejillas, y el fulgurar de los ojos, más joven, más ágil, liberada por un milagro del peso de unos cuantos años. Con voz velada de emoción, me interrogó:—¡Ha visto usted, amigo mío, qué prodigio! ¡Verdaderamente; sólo en estas alturas nuestras almas pueden volar libres de las impurezas del mundo!

Lucerna-Agosto.