NINON

Púsose en pie, haciendo valer la innata elegancia de su figura, ese no sé qué de distinción suprema, que en el frívolo lenguaje de los salones se califica de un gran aire. Era alta y delgada; el traje, de terciopelo negro, ceñía la esbeltez un poco fatigada de su figura; la piel de zibelina que rodeaba su cuello, la negra toca empenachada de plumas que cubría sus cabellos teñidos de rubio Ticiano y el espeso velo de encaje, disimulaban los estragos del tiempo; el rostro desvastado, el cansancio de las pupilas verdes que brillaban mortecinas en el fondo de las cuencas violetas, y la mueca atrozmente amarga de la boca, en que entre los labios arrugados y marchitos aparecían en una sonrisa cruelmente dolorosa los dientes amarillentos.

—Me voy. Desde mi enfermedad de Venecia, el médico me ha prohibido estar en la calle al anochecer.

Maud Simson interrogó con extrañeza:

—¿Su enfermedad?... No sabía...

Y Julito, a su vez, con un leve matiz irónico:

—¿Tal vez el veneno de Venecia?...

La sonrisa triste acentuóse:

—El veneno de Venecia, sí. Las emanaciones de las aguas estancadas, la humedad malsana, el relente del anochecer... no sé; una calentura horrible, que por poco me cuesta la vida—. La voz era armoniosa, ligeramente cascada, voz de mujer que se aleja a pasos agigantados de la juventud. Después, amable, encarándose con el dueño de la casa:—Ya sabe usted que no salgo casi. Una excepción para venir aquí.

Fred de la Croix, el baroncito atrabiliario y petulante, deslizose del diván de damasco azul cielo con cojines de antiguo brocado y pieles de blancas cabras del Tibet, en que yacía, y con su paso, a la vez perezoso y elástico, que le daba una inquietante semejanza con algunos felinos, aproximose a ella y la cogió las dos manos: