—¡Querida amiga!

La Fronshire sonrió, y luego alejose por la galería, con su ademán cansado de vencimiento.

El saloncillo olía a rosas y a cigarrillos turcos. Era una estancia amable que tenía de baudoir de cocotte y de despacho de artista: damasco azul pálido y maderas alegres; muebles cómodos, voluptuosos, tallados en roble claro de ese estilo borroso en que el Luis XVI se ha adaptado al confort inglés; algún pastel fácil, dos o tres grabados equívocos, y rosas, rosas por todas partes: rosas en los jarrones de mayólica, y en los búcaros venecianos y en los antiguos Sèvres; rosas pálidas, de suave coloración carnosa, y bengalas rojas como la sangre; rosas blancas, livianas y eucarísticas, y rosas amarillas; muchas, muchas rosas, que hacían pesada la atmósfera, con pesadez de jardín invernal.

Volvía el baroncito, y los comentarios, prudentemente contenidos hasta cerciorarse de la partida de la víctima, estallaron como implacable pedrisco sobre la dama que acababa de marcharse.

—¡Qué estropeada está!

—¡Qué vieja!

—¡Yo no la hubiese conocido!—aseguró Maud.

Y la Croix, cruel, implacable, con su sonrisa burlona, la nariz respingada y los labios alzados en las comisuras, hacían aún más cínica e insolente su ambigüedad de colegial vicioso, flageló:

—Ninón, comienza a envejecer.

—Es que, realmente, es un bajón atroz—colaboró la Simson.