—¡El veneno de Venecia!—ironizó Calabrés.
Y Olmeido, con su voz un poco estridente, tan propicia a los sarcasmos, afirmó muy serio:
—El veneno de Venecia ha sido—. Y, como todos rieran, incrédulos:—No se figuren ustedes que es broma mía—aseguró. Al ver que no le creían, insistió en sus afirmaciones:—Si yo les contase la historia.
—¡Sí, sí!—Y Fred, que se moría por los potins, palmoteaba.
A su vez, Julio unió, sus imploraciones a las del dueño de la casa:
—¡Cuenta!
Y Maud Simson, pereciendo de curiosidad, anunciole:
—Es temprano.
Como lo deseaba casi tan ardientemente como ellos, se dejó convencer:
—Estábamos en Venecia el otoño pasado—comenzó—. Habíamos ido a bordo del Hamlet, el prodigioso yacht de Ofir, el judío multimillonario. Llevábamos un mes embarcados y comenzábamos a aburrirnos. De la frívola elegancia de las playas del Norte habíamos pasado a la luminosidad radiante de Cádiz y Nápoles, y de allí a la glauca transparencia de Venecia. Al principio, la novedad de la vida a bordo se nos antojó encantadora; pero pronto, la eterna prisión, con su forzada monotonía, nos cansó. Además, causas imprevistas disminuyeron el número de invitados, y después de haber perdido en Biarritz al gran duque Sergio, llamado con urgencia a Moscou, Lina Monrreal y su marido acababan de dejarnos en Cádiz. Quedábamos la princesa Orlasky, los Rodríguez Torres, los peruanos de París, la Fonseca, Nino Alcolea, Lady Fronshire y yo. No era la primera vez que me tropezaba con la inglesa; habíala encontrado ya en Escocia, en una cacería en Warthon-Castle, el castillo de lord Warthon, en el Pera-Palace, de Constantinopla, y en la feria de Sevilla. Y no sé por qué, en todas partes, la elegancia serena de aquella mujer, su extraña juventud que se conservaba prodigiosamente, desdeñosa al tiempo; su mirada altiva de diosa que camina por las nubes indiferente para las miserias humanas, me inquietaron. Había en su hermetismo, en la mueca de sus labios rojos, en un gesto de rara dejadez que parecía aflojar los resortes de su cuerpo, transformando por un segundo su gran aire en una blanda elasticidad felina, y, sobre todo, en sus ojos azules y profundos, unas veces, verdes y transparentes, otras, un algo que me turbaba. ¡Sus ojos!... Sobre la máscara de frialdad altiva de la dama, aquellos ojos inquietaban como una desgarradura en un tapiz de terciopelo heráldico, por la que se entreviese una escena de burdel. Yo había sorprendido aquellos ojos una tarde de cacería, brumosa y gris, a orillas de un lago, en un rincón de Escocia, después de un día de insaciable galopar, ante el cuadro cruento de los jabalíes muertos y los galgos despanzurrados, fijos con una mirada ardiente en los rojos palafreneros; había vuelto a hallarla, siguiendo como una sombra fatídica los pasos de un torero en el ruedo sevillano, como si esperasen la visión cruenta de una catástrofe; y, por fin, fijos, hipnotizados por la bárbara zalagarda de unos soldados árabes en Constantinopla. Y siempre en el fondo de las pupilas había adivinado el mismo anhelo, la misma ansiedad dolorosa, la misma angustia de contenido deseo.