Apesar de nuestro cansancio, Venecia nos galvanizó. ¡Venecia! Venecia es con Avila, quizás las dos únicas ciudades del mundo en que se siente palpitar el alma de la Edad Media. Tiene de las urbes antiguas la magnificencia y la miseria, la teatralidad propicia a los desfiles triunfales y a las pompas litúrgicas, la inconfortabilidad, la suciedad y la incongruencia. ¡Ah!, la quimérica maravilla de la Piacetta, con su gótico palacio ducal, su oriental San Marcos de oro y pedrerías, sus dos obeliscos coronados por San Jorge y el Dragón, su campanile y su luz violeta que da a las cosas un aspecto irreal! ¡Ah la inquietadora belleza del Gran Canal, con su doble fila de palacios de nombres sonoros; la extraña interrogación de la vieja ciudad con su laberíntica red de callejuelas y sus intrincados canalillos, donde al volver de un recodo sospechoso, lleno de negros y miserables tugurios, surge el prodigio de bizantina balconada! En Venecia queda todavía la huella de la vida remota, cruel, malsana, apasionada y fervorosa, y todavía se adivina en ella el triunfo del orgullo, de la lujuria y de la muerte.
Encantados, andábamos de un lado para otro. Mis compañeros, pasado el primer entusiasmo, jugaban al tennis o tomaban el té en el Lido, o surcaban la laguna en las canoas automóviles; pero yo, más curioso, atraído por la vida misteriosa de la ciudad vieja, vagaba, complaciéndome en perderme en el laberinto de puentes, callejones y encrucijadas. Un día, sin saber cómo, había ido a parar al barrio de la Marinería. Comenzaba a anochecer; en las callejas, a que la angostura, oscuridad y elevación de los edificios daba un aire sombrío, abríanse, bañadas en la claridad lívida de los mecheros de gas, tabernas y chiscones, donde, al través de la espesa atmósfera cargada de humo, divisábanse equívocas figuras de la fauna del hampa mezcladas con marineros y soldados. Mujeres sospechosas que, envueltas en sus pañuelos de crespón, tenían una extraña semejanza con las que pululan en las noches estivales por los barrios bajos de Madrid, paseaban las calles ofreciendo su mercancía de amor. Del fondo de las antros surgían notas truncadas de canciones canallescas, estrofas de barcarolas románticas o cantos patrióticos, y voces que disputaban o que gritaban simplemente por al gusto de gritar, formando horrísona batahola. Avanzaba entre curioso y sobrecogido, cuando una callejuela más oscura y angosta llamó mi atención. Era un pasadizo de metro y medio de ancho, apenas alumbrado por la mortecina luz de un farol colocado al fondo. Un vaho húmedo, cargado de emanaciones pestilentes de miseria, de suciedad y de prostitución, salía de él; un arroyo de agua fétida, negra y viscosa, corría por el centro, y veíanse confusamente figuras sospechosas que iban y venían en las tinieblas. Valientemente, impulsado por una curiosidad más fuerte que el temor, me entré calle adelante. La vía, según se avanzaba, hacíase más estrecha; a ambos lados abríanse portales negros y profundos, y al fondo de los zaguanes adivinábanse sombras humanas, borrosas y confusas, en una hibridación inquietadora, de la que destacábase de tarde en tarde la falda clara de una mujer o la blanca blusa de un marinero. Llegué al final; el pasadizo era un callejón sin salida; en el ángulo, una mujercita, de alto peinado, discutía con un bersaglieri borracho; entonces, no sin cierta escama, emprendí la retirada. Iba a medio camino, cuando de improviso surgió de la sombra una silueta conocida. ¡Lady Fronshire! Dudé: no era posible aquéllo. ¿De dónde había salido? Allí no había sino antros prostibularios o tascas infectas; indudablemente, la inglesa, paseando, habíase extraviado, y al verse en aquel callejón, retrocedía. Pero ¿cómo no había yo visto antes la silueta de elegancia inconfundible que contrastaba de manera tan violenta con el ambiente canallesco? ¡Juraría que Lady Fronshire había surgido de uno de aquellos inmundos portalillos! Y era ella, ella con su gran aire, su cuerpo ágil y serpentino bajo el chic irreprochable del traje sastre. Corrí para alcanzarla, pero en aquel momento llegaba a la calle central, y dando la vuelta desaparecía. Y cuando yo, a mi vez, llegué, no quedaba huella.
—¡Bah! ¡Ilusiones tuyas!—rió Julito.
—¿Ilusiones?—Y Olmeido, amostazado, hablaba con calor:—¡Pues falta la segunda parte!
—¡A ver! ¡A ver!—Y todos, interesadísimos, aprestáronse a oír.
El portugués continuó:
—Cuatro o cinco días después volví a tropezarme con ella. Era nuestra última jornada de Venecia. Ofir, reclamado con urgencia por sus negocios, tenía que volver a Londres, y el Hamlet levaría anclas al día siguiente. Todos nuestros amigos habían aprovechado el esplendor del día (uno de los últimos de septiembre) para hacer su postrera excursión a Murano; pero yo había preferido ir a dar mi adiós a la vieja urbe ducal. Después de visitar San Marcos y el Palacio del Dux y ambular por las calles, retornaba hacia el Lido en uno de los vaporcillos que hacen la travesía, gozándome en la magia del atardecer. Como al través de un lente de amatista, veía, alzándose de la glauca superficie de la laguna, destacarse sobre el cielo violeta la ciudad arcaica, coronada de orientales campaniles. A la izquierda, en un islote, quedaba Santa María de la Salute, que nos habla de uno de los azotes de la Edad Media, de la peste; a la derecha, los jardines, y sobre la esmeralda líquida, las viejas góndolas, fúnebres y románticas. Una evolución del barco me hizo perder de vista la ciudad, y deseoso de contemplarla aún, decidime a bajar a los departamentos de segunda clase. Descendía las escaleras, cuando algo, sobresaltándome, obligome a detenerme. ¡Aquella silueta! Lady Fronshire estaba allí. Indudablemente, había tenido la misma idea que yo, y quería también dar su adiós a Venecia. Mi primer impulso fue dirigirme a ella, pero una fuerza misteriosa me detuvo; ¿por qué estaba allí? Dudé; ¿sería realmente ella? Ella, en persona; no era fácil confundir su porte de gran señora, su elegancia innata, de raza; pero, además, si aún fuese poco, pregonaban su personalidad el atavío de franela blanca, que moldeaba el cuerpo de una juventud pasmosa, el hilo de enormes perlas pendiente de su cuello (aquellas famosas perlas que pertenecían a la Reina Isabel de Inglaterra) y los solitarios que fulguraban en sus orejas. Disipadas mis dudas, iba a seguir descendiendo para hablar con ella, cuando una maniobra extraña que acababa de chocarme me detuvo. Cerca de la inglesa, dos marineros, dos mocetones napolitanos o corsos, de tinte bronceado, casi oliváceo, y rizados cabellos, vestidos con el traje de los marineros italianos, que dejaba al desnudo sus cuellos de hércules, la miraban, sonreían, tornaban a mirarla; en una palabra: ¡la hacían el amor! Indignado por lo que reputaba como incalificable grosería, iba a encararme con ellos, tomando la defensa de mi amiga, cuando noté con asombro que, en vez de indignarse, parecía ella complacerse y aún prestarse a ello. Efectivamente, en lugar de alejarse de allí con un gesto de asco, Lady Fronshire les animaba con rápidas ojeadas y fugaces sonrisas, que revoloteaban un instante en sus labios. Envalentonados, fueron acercándose, hasta que la mano de uno, apoyada en el barandal, rozó la de la dama. Lejos de retirarla, sonrió ella; entonces, el muchacho comenzó a hablar con su compañero, disimulando con risotadas y chocarrerías su turbación. Pero la inglesa, sin volverse, sin perder su ecuánime serenidad, murmuró unas palabras que sumioles en súbito silencio. El barco se detuvo y me apresuré a desembarcar. Oculto, vi surgir la figura elegantísima de la Fronshire, ágil, garbosa, noble. Una vez en tierra, vaciló un segundo, y luego, en vez de seguir el paseo que lleva a los grandes hoteles, internose resueltamente por los arenales y boscajes que bordean el mar, perdiéndose en las tinieblas nocherniegas. Detrás de ella, a algunos pasos, los marineros la seguían.
Tres horas después, unos paseantes rezagados recogiéronla medio muerta entre las malezas. Semidesnunda, tenía el cuerpo lleno de cardenales, el rostro ensangrentado, arrancado el pelo. Las portentosas perlas, las sortijas extrañas y los gruesos solitarios, habían desaparecido. Una oreja desgarrada, llena de sangre, pregonaba la brutalidad del drama. Lleváronla al hotel; terrible fiebre cerebral túvola muchos días entre la vida y la muerte, y, al fin, cuando logró salvarse, su juventud, la prodigiosa juventud que desafiaba burlona al tiempo, se había fundido. Por eso pasea melancólica la convalecencia de ese terrible mal, y nos habla tristemente del veneno de Venecia.
Venecia-Septiembre 1912.