Sucedió por este tiempo un accidente que hizo novedad á los Españoles, y puso en confusion á los Indios. Descubrese desde lo alto del sitio, donde estaba entónces la ciudad de Tlascála, el volcan de Popocatepec en la cumbre de una sierra, que á distancia de ocho leguas se descuella considerablemente sobre los otros montes. Empezó en aquella sazon á turbar el dia con grandes y espantosas avenidas de humo tan rápido y violento, que subia derecho largo espacio del ayre, sin ceder á los ímpetus del viento, hasta que, perdiendo la fuerza en lo alto, se dexaba esparcir y dilatar á todas partes, y formaba una nube mas ó ménos obscura, segun la porcion de ceniza que llevaba consigo. Salian de quando en quando mezcladas con el humo algunas llamaradas ó globos de fuego, que, al parecer, se dividian en centellas; y serian las piedras encendidas que arrojaba el volcan, ó algunos pedazos de materia combustible, que duraban segun su alimento.

No se espantaban los Indios de ver el humo, por ser freqüente y casi ordinario en este volcan; pero el fuego, que se manifestaba pocas veces, los entristecia y atemorizaba como presagio de venideros males: porque tenian aprendido que las centellas, quando se derramaban por el ayre, y no volvian á caer en el volcan, eran las almas de los tiranos que salian á castigar la tierra: y que sus Dioses, quando estaban indignados, se valian de ellos como instrumentos adequados á la calamidad de los pueblos.

En este delirio de su imaginacion estaban discurriendo con Hernan Cortés Magiscatzín, y algunos de aquellos magnátes que ordinariamente le asistian: y él reparando en aquel rudo conocimiento que mostraban de la inmortalidad, premio y castigo de las almas, procuraba darles á entender los errores con que tenian desfigurada esta verdad, quando entró Diego de Ordaz á pedirle licencia para reconocer desde mas cerca el volcan, ofreciendo subir á lo alto de la sierra, y observar todo el secreto de aquella novedad. Espantaronse los Indios de oir semejante proposicion; y procurando informarle del peligro, y desviarle del intento, decian:

"Que los mas valientes de su tierra solo se atrevian á visitar alguna vez unas ermitas de sus Dioses que estaban á la mitad de la eminencia; pero que de allí adelante no se hallaria huella de humano pie, ni eran sufribles los temblores y bramidos con que se defendia la montaña."

Diego de Ordaz se encendió mas en su deseo con la misma dificultad que le ponderaban: y Hernan Cortés, aunque lo tuvo por temeridad, le dió licencia para intentarlo, porque viesen aquellos Indios, que no estaban negados, sus imposibles al valor de los Españoles: zeloso á todas horas de su reputacion y la de su gente.

Acompañaron á Diego de Ordaz en esta faccion dos soldados de su compañía y algunos Indios principales, que ofrecieron llegar con él hasta las ermitas, lastimándose mucho de que iban á ser testigos de su muerte. Es el monte muy delicioso en su principio: hermoseanle por todas partes frondosas arboledas, que, subiendo largo trecho con la cuesta, suavizan el camino con su amenidad, y, al parecer, con engañoso divertimiento llevan al peligro por el deleyte. Vase despues esterilizando la tierra, parte con la nieve que dura todo el año en los parages que desampara el sol ó perdona el fuego, y parte con la ceniza que blanquea tambien desde lejos con la oposicion del humo. Quedaronse los Indios en la estancia de las ermitas, y partió Diego de Ordaz con sus dos soldados, trepando animosamente por los riscos, y poniendo muchas veces los pies donde estuvieron las manos: pero quando llegaron á poca distancia de la cumbre, sintieron que se movia la tierra con violentos y repetidos bayvenes, y percibieron los bramidos horribles del volcan, que á breve rato disparó con mayor estruendo gran cantidad de fuego envuelto en humo y ceniza: y aunque subió derecho sin calentar lo transversal del ayre, se dilató despues en lo alto, y volvió sobre los tres una lluvia de ceniza tan espesa y tan encendida, que necesitaron de buscar su defensa en el cóncavo de una peña, donde faltó el aliento á los Españoles, y quisieron volverse; pero Diego de Ordaz viendo que cesaba el terremoto, que se mitigaba el estruendo, y salia ménos denso el humo, los ánimo con adelantarse, y llegó intrepidamente á la boca del volcan, en cuyo fondo observó una gran masa de fuego, que, al parecer, hervia como materia líquida y resplandeciente; y reparó en el tamaño de la boca que ocupaba casi toda la cumbre, y tendria como un quarto de legua su circunferencia. Volvieron con esta noticia, y recibieron enhorabuenas de su hazaña, con grande asombro de los Indios, que redundó en mayor estimacion de los Españoles. Esta bizarría de Diego de Ordaz no pasó entónces de una curiosidad temeraria; pero el tiempo la hizo de conseqüencia, y todo servia en esta obra: pues hallándose despues el exército con falta de pólvora para la segunda entrada que se hizo por fuerza de armas en México, se acordó Cortés de los hervores de fuego líquido que se vieron en este volcan, y halló en él toda la cantidad que hubo menester de finísimo azufre para fabricar esta municion: con que se hizo recomendable y necesario el arrojamiento de Diego de Ordaz, y fué su noticia de tanto provecho en la conquista, que se la premió despues el Emperador con algunas mercedes, y ennobleció la misma faccion dándole por armas el volcan.

Veinte dias se detuvieron los Españoles en Tlascála, parte por las visitas que ocurrieron de las naciones vecinas, y parte por el consuelo de los mismos naturales, tan bien hallados ya con los Españoles, que procuraban dilatar el plazo de su ausencia con varios festejos y regocijos públicos, bayles á su modo, y exercicios de sus agilidades. Señalado el dia para la jornada, se movió disputa sobre la eleccion del camino: inclinabase Cortés á ir por Cholúla, ciudad, como diximos, de gran poblacion, en cuyo distrito solian alojarse las tropas veteranas de Motezuma.

Contradecian esta resolucion los Tlascaltécas, aconsejando que se guiáse la marcha por Guajozingo, pais abundante y seguro: porque los de Cholúla, sobre ser naturalmente sagaces y traydores, obedecian con miedo servil á Motezuma, siendo los vasallos de su mayor confianza y satisfaccion; á que añadian:

"Que aquella ciudad estaba reputada en todos sus contornos por tierra sagrada y religiosa, por tener dentro de sus muros mas de quatrocientos templos con unos Dioses tan mal acondicionados, que asombraban el mundo con sus prodigios: por cuya razon no era seguro penetrar sus términos, sin tener primero algunas señales de su beneplácito."

Los Zempoales, ménos supersticiosos ya con el trato de los Españoles, despreciaban estos prodigios; pero seguian la misma opinion, acordando y repitiendo los motivos que dieron en Zocothlán para desviar el exército de aquella ciudad.