Dicho esto, desapareció; y ellos vieron arder la ciudad en horribles llamas, que desvanecieron poco á poco, desocupando el ayre, y dexando sin alguna lesion los edificios. Volvieron á Motezuma con esta noticia, temerosos de su rigor, librando en ella su disculpa; pero le hicieron tanto asombro las amenazas de aquel Dios infortunado y calamitoso, que se detuvo un rato sin responder, como quien recogia las fuerzas interiores, ó se acordaba de sí para no descaecer; y depuesta desde aquel instante su natural ferocidad, dixo, volviendo á mirar á los magos y á los demas que le asistian:

"¿Qué podemos hacer si nos desamparan nuestros Dioses? Vengan los extrangeros, y cayga sobre nosotros el cielo; que no nos hemos de esconder, ni es razon que nos halle fugitivos la calamidad. Y prosiguió poco despues: Solo me lastiman los viejos, niños y mugeres, á quien faltan las manos para cuidar de su defensa."

En cuya consideracion se hizo alguna fuerza para detener las lágrimas. No se puede negar que tuvo algo de Príncipe la primera proposicion: pues ofreció el pecho descubierto á la calamidad que tenia por inevitable; y no desdixo de la magestad la ternura con que llegó á considerar la opresion de sus vasallos. Afectos ambos de ánimo real, entre cuyas virtudes ó propiedades no es ménos heróica la piedad, que la constancia.

Empezóse luego á tratar del hospedage que se habia de hacer á los Españoles, de la solemnidad y aparatos del recibimiento: y con esta ocasion se volvió á discurrir en sus hazañas, en los prodigios con que habia prevenido el Cielo su venida, en las señas que traían de aquellos hombres orientales prometidos á sus mayores, y en la turbacion y desaliento de sus Dioses, que, á su parecer, se daban por vencidos, y cedian el dominio de aquella tierra, como Deidades de inferior gerarquía: y todo fué menester para que se llegáse á poner en términos posibles aquella gran dificultad de penetrar, sobre tan porfiada resistencia, y con tan poca gente, hasta la misma corte de un Príncipe tan poderoso, absoluto en sus determinaciones, obedecido con adoracion, y enseñado al temor de sus vasallos.


CAPITULO IX.

Viene al Quartel á Visitar á Cortés de parte de Motezuma el Señor de Tezcuco su sobrino: continuase la marcha, y se hace alto en Quitlavaca, dentro ya de la lagúna, de México.

De aquellas caserías, donde se alojó el exército de la otra parte de la montaña, pasó el dia siguiente á un pequeño lugar, jurisdiccion de Chalco, situado en el camino real á poco mas de dos leguas, donde acudieron luego el Cacique principal de la misma provincia, y otros de la comarca. Traían sus presentes con algunos bastimentos; y Cortés los agasajó con mucha humanidad y con algunas dádivas. Pero se reconoció luego en su conversacion que se recataban de los Embaxadores Mexicanos; porque se detenian y embarazaban fuera de tiempo, y daban á entender lo que callaban en lo mismo que decian. Apartóse con ellos Hernan Cortés, y á poca diligencia de los intérpretes dieron todo el veneno del corazon. Quejaronse destempladamente de las crueldades y tiranías de Motezuma: ponderaron lo intolerable de sus tributos, que pasaban ya de las haciendas á las personas; pues los hacia trabajar sin estipendio en sus jardines, y en otras obras de su vanidad. Decian con lágrimas:

"Que hasta las mugeres se habian hecho contribucion de su torpeza y la de sus ministros, puesto que las elegian y desechaban á su antojo, sin que pudiesen defender los brazos de la madre á la doncella, ni la presencia del marido á la casada:"