Era entónces Tezcuco una de las mayores ciudades de aquel imperio: refieren algunos que sería como dos veces Sevilla; y otros, que podia competir con la corte de Motezuma en la grandeza, y presumia, no sin fundamento, de mayor antigüedad. Estaba la frente principal de sus edificios sobre la orilla de aquel espacioso lago en parage de grande amenidad, donde tomaba su principio la calzada oriental de México. Siguióse por ella la marcha sin detencion, porque se llevaba intento de pasar á Iztacpalapa, tres leguas mas adelante, sitio proporcionado para entrar en México el dia siguiente á buena hora. Tendria por esta parte la calzada veinte pies de ancho, y era de piedra y cal, con algunas labores en la superficie. Habia en la mitad del camino sobre la misma calzada otro lugar de hasta dos mil casas, que se llamaba Quitlavaca; y por estar fundado en el agua, le llamaron entónces Venezuela. Salió el Cacique muy acompañado y lucido al recibimiento de Cortés, y le pidió que honráse por aquella noche su ciudad, con tanto afecto y tan repetidas instancias, que fué preciso condescender á sus ruegos por no desconfiarle. Y no dexó de hallarse alguna conveniencia en hacer aquella mansion para tomar noticias; porque viendo desde mas cerca la dificultad, entró Cortés en algun rezelo de que le rompiesen la calzada, ó levantasen los puentes para embarazar el paso á su gente.

Registrabase desde allí mucha parte de la lagúna, en cuyo espacio se descubrian varias poblaciones y calzadas que la interrumpian y la hermoseaban: torres y capitéles, que, al parecer, nadaban sobre las aguas: árboles y jardines fuera de su elemento: y una inmensidad de Indios, que, navegando en sus canoas, procuraban acercarse á ver los Españoles; siendo mayor la muchedumbre que se dexaba reparar en los terrados y azoteas mas distantes. Hermosa vista, y maravillosa novedad, de que se llevaba noticia, y fué mayor en los ojos que en la imaginacion.

Tuvo el exército bastante comodidad en este alojamiento, y los paisanos asistieron con agrado y urbanidad al regalo de sus huespedes: gente de cuya policía se dexaba conocer la vecindad de la Corte. Manifestó el Cacique, sin poderse contener, poco afecto á Motezuma, y el mismo deseo que los demas de sacudir el yugo intolerable de aquel gobierno; porque alentaba los soldados, facilitaba la empresa, diciendo á los intérpretes, como quien deseaba que lo entendiesen todos:

"Que la calzada que se habia de seguir hasta México era mas capaz y de mejor calidad que la pasada, sin que hubiese que rezelar en ella, ni en las poblaciones de su márgen: que la ciudad de Iztacpalapa, donde se habia de hacer tránsito, estaba de paz, y tenia órden para recibir y alojar amigablemente á los Españoles: que el Señor de esta ciudad era pariente de Motezuma; pero que ya no habia que temer en los de su faccion, porque le tenian rendido y sin espíritu los prodigios del Cielo, las respuestas de sus oráculos, y las hazañas que le referian de aquel exército; por cuya razon le hallarian deseoso de la paz, y con el ánimo dispuesto ántes á sufrir que á provocar."

Decia la verdad este Cacique; pero con alguna mezcla de pasion y de lisonja: y Hernan Cortés, aunque no dexaba de conocer este defecto en sus noticias, procuraba divulgarlas y encarecerlas entre sus soldados. Y no se puede negar que llegaron á buen tiempo, para que no se desanimáse la gente de ménos obligaciones con aquella variedad de objetos admirables que se tenian á la vista, de que pudiera colegir la grandeza de aquella Corte, y el poder formidable de aquel Príncipe; pero los informes del Cacique, y las ponderaciones que se hacian de su turbacion y desaliento pudieron tanto en esta concurrencia de novedades, que alegrándose todos de lo que se habian de asombrar, se aprovecharon de su admiracion para mejorar las esperanzas de su fortuna.


CAPITULO X.

Pasa el exército á iztacpalapa, donde se dispone la entrada de México. Refierese la grandeza con que salió Motezuma á recibir á los Españoles.

La mañana siguiente, poco despues de amanecer, se puso en órden la gente sobre la misma calzada, segun su capacidad, bastante por aquella parte, para que pudiesen ir ocho caballos en hilera. Constaba entónces el exército de quatrocientos y cincuenta Españoles no cabales, y hasta seis mil Indios Tlascaltécas y Zempoales, y de otras naciones amigas. Siguióse la marcha, sin nuevo accidente que diese cuidado, hasta la misma ciudad de Iztacpalapa donde se habia de hacer alto: lugar que sobresalia entre los demas por la grandeza de sus torres, y por el vulto de sus edificios: sería de hasta diez mil casas de segundo y tercer alto, que ocupaban mucha parte de la lagúna, y se dilataban algo mas sobre la ribera en sitio delicioso y abundante. El Señor de esta ciudad salió muy autorizado á recibir el exército: y le asistieron para esta funcion los Príncipes de Magicalzingo y Cuyoacán, dominios de la misma lagúna. Traían todos tres su presente separado de varias frutas, cazas y otros bastimentos, con algunas piezas de oro, que valdrian hasta dos mil pesos. Llegaron juntos, y se dieron á conocer, diciendo cada uno su nombre y dignidad, y remitiendo á la discrecion de la ofrenda todo lo que faltaba en el razonamiento.