Tenian tambien sus semanas de á trece dias con nombres diferentes, que se notaban por imágenes en el calendario; y sus siglos, que constaban de quatro semanas de años: cuyo método y dibuxo era de notable artificio, y se guardaba cuidadosamente para memoria de los sucesos. Formaban un círculo grande, y le dividian en cincuenta y dos grados, dando un año á cada grado. En el centro pintaban una efigie del sol, y de sus rayos salian quatro faxas de colores diferentes que partian igualmente, la circunferencia, dexando trece grados á cada semidiámetro: cuyas divisiones eran como signos de su zodiaco, donde tenian el siglo sus revoluciones, y el sol sus aspectos prósperos ó adversos, segun el color de la faxa. Por defuera iban notando en otro círculo mayor con sus figuras y caractéres los acaecimientos del siglo, y quantas novedades se ofrecian dignas de memoria: y estos mapas seculares eran como instrumentos públicos que servian á la comprobacion de sus historias. Puédese contar entre las providencias de aquel gobierno el tener historiadores que mandasen á la posteridad los hechos de su nacion.
Habia su mezcla de supersticion en este cómputo de los siglos, porque tenian aprehendido que peligraba la duracion del mundo siempre que terminaba el sol aquella carrera de las quatro semanas mayores: y quando llegaba el último dia de los cincuenta y dos años, se prevenian todos para la última calamidad. Despedianse de la luz con lágrimas, disponianse para morir sin enfermedad, rompian las vasijas de su menage como trastos inútiles, apagaban los fuegos, y andaban toda la noche como frenéticos, sin atreverse á descansar hasta saber si estaban de asiento en la region de las tinieblas. Pero al primer crepúsculo de la mañana empezaban á respirar con la vista en el oriente: y en saliendo el sol, le saludaban con todos sus instrumentos, cantándole diferentes himnos y canciones de alegría desconcertada: congratulábanse despues unos con otros de que ya tenian segura la duracion del mundo por otro siglo, y acudian luego á los templos á congratularse con sus Dioses, y á recibir la nueva lumbre de los sacerdotes, que se encendia delante de los altares con vehemente agitación de leños combustibles. Prevenianse despues de todo lo necesario para empezar á vivir: y este dia se celebraba con públicos regocijos, llenándose la ciudad de bayles y otros exercicios de agilidad dedicados á la renovacion del tiempo, no de otra suerte que celebró Roma sus juegos seculares.
La coronacion de sus Reyes tenia extraordinarios requisitos. Hecha la eleccion, como se ha dicho, quedaba el nuevo Rey obligado á salir en campaña con las armas del Imperio, y conseguir alguna victoria de sus enemigos, ó sujetar alguna província de las confinantes ó rebeldes ántes de coronarse, ni ascender al trono real: costumbre digna de observacion, por cuyo medio creció tanto en pocos años aquella Monarquía. Luego que se hallaba capaz del dominio con la recomendacion de victorioso, volvia triunfante á la ciudad, y se le hacia público recibimiento de grande ostentacion. Acompañábanle todos los nobles, ministros y sacerdotes hasta el templo del Dios de la guerra, donde se apeaba de sus andas, y hechos los sacrificios de aquella funcion, le ponian los Príncipes electores la vestidura y manto real: le armaban la mano diestra con un estoque de oro y pedernal, insignia de la justicia; la siniestra con el arco y flechas, que significaban la potestad, ó el arbitrio de la guerra: y el Rey de Tezcuco le ponia la corona, prerogativa de primer elector.
Oraba despues largo rato uno de los magistrados mas eloqüentes, dándole por todo el Imperio la enhorabuena de aquella dignidad, y algunos documentos en que le representaba los cuidados y desvelos que traia consigo la corona, lo que debia mirar por el bien público de sus reynos, y le ponia delante la imitacion de sus antecesores. Acabada esta oracion, se acercaba con gran reverencia el mayor de los sacerdotes, y en sus manos hacia un juramento de reparables circunstancias. Juraba primero que mantendria la religion de sus mayores, que observaria las leyes y fueros del Imperio, que trataria con benignidad á sus vasallos; y que, mientras él reynáse, andarian concertadas las lluvias, que no habria inundaciones en los rios, esterilidad en los campos, ni malignas influencias en el sol. Notable pacto entre Rey y vasallos, de que se rie Justo Lipsio; y pudieramos decir que le querian obligar con este juramento á que reynáse con tal moderacion, que no mereciese por su parte las iras del Cielo, no sin algun conocimiento de que suelen caer sobre los súbditos estos castigos y calamidades públicas por los pecados y exôrbitancias de los Reyes.
En los demas ritos y costumbres de aquella nacion tocarémos solamente lo que fuere digno de historia, dexando las supersticiones, indecencias y obscenidades que manchan la narracion, por mas que se digan sin ofensa de la verdad. Siendo tanta como se ha referido la muchedumbre de sus Dioses, y tan obscura la ceguedad de su idolatría, no dexaban de conocer una Deidad superior, á quien atribuían la creacion del cielo y de la tierra: y este principio de las cosas era entre los Mexicanos un Dios sin nombre, porque no tenian en su lengua voz con que significarle; solo daban á entender que le conocian mirando al cielo con veneracion, y dándole á su modo el atributo de inefable con aquel género de religiosa incertidumbre que veneraron los Athenienses al Dios no conocido. Pero esta noticia de la primera causa, que, al parecer, habia de facilitar su desengaño, sirvió poco en aquella ocasion; porque no se hallaba camino de reducirlos á que pudiese gobernar todo el mundo, sin necesitar de otras manos, aquella misma Deidad, que, segun su inteligencia, tuvo poder para criarle: y estaban persuadidos á que no hubo Dioses de esotra parte del Cielo, hasta que multiplicándose los hombres, empezaron sus calamidades, considerando los Dioses como unos genios favorables, que se producian quando era necesaria su operacion; sin hacerles disonancia que adquiriesen el ser y la divinidad en las miserias de la naturaleza.
Creían la inmortalidad del alma, y daban premio y castigo en la eternidad: mal entendido el merito y la culpa, y obscurecida esta verdad con otros errores: sobre cuyo presupuesto enterraban con los difuntos cantidad de oro y plata para los gastos del viage, que consideraban largo y trabajoso. Mataban algunos de sus criados para que los acompañasen: y era fineza ordinaria en las mugeres propias celebrar con su muerte las exêquias del marido. Los Príncipes necesitaban de gran sepultura, porque se llevaban tras sí la mayor parte de sus riquezas y familia: uno y otro correspondiente á su grandeza, llenos los oficios de la casa, y algunos lisonjeros que padecian el engaño de su misma profesion. Los cuerpos se llevaban á los templos con solemnidad y acompañamiento, donde los salian á recibir aquellos que llamaban sacerdotes con sus braserillos de copal, cantando al son de flautas roncas y destempladas diferentes himnos y versos fúnebres en tono melancólico. Levantaban repetidas veces en alto el ataud mientras duraba el sacrificio voluntario de aquellos miserables que introducian en el alma la servidumbre. Funcion de notable variedad, compuesta de abusiones ridículas, y atrocidades lastimosas.
Sus matrimonios tenian su forma de contrato, y sus ceremonias de religion. Hechos los tratados, comparecian ambos contrayentes en el templo, y uno de los sacerdotes exâminaba su voluntad con preguntas rituales; y despues tomaba con una mano el velo de la muger, y con otra el manto del marido, y los anudaba por los extremos, significando el vínculo interior de las dos voluntades. Con este género de yugo nupcial volvian á su casa en compañía del mismo sacerdote: donde, imitando la supersticion de los Dioses Lares, entraban á visitar el fuego doméstico, que, á su parecer, mediaban en la paz de los casados, y daban siete vueltas á él siguiendo al sacerdote: con cuya diligencia, y la de sentarse despues á recibir el calor de conformidad, quedaba perfecto el matrimonio. Hacíase memoria con instrumento público de los bienes dotales que llevaba la muger: y el marido quedaba obligado á restituirlos en caso de apartarse; lo qual sucedia muchas veces, y se tenia por bastante causa para el divorcio que se conformasen los dos: pleyto en que no entraban las leyes, porque se juzgaban los que se conocian. Quedábase con las hijas la muger, llevándose los hijos el marido; y una vez disuelto el matrimonio, tenian pena de la vida irremisible si se volvian á juntar: siendo en su natural inconstancia la única dificultad de los repudios el peligro de la reincidencia. Zelaban como punto de honra la honestidad y el recato de las mugeres propias, y entre aquella desordenada licencia, con que se daban al vicio de la sensualidad, se aborrecia y castigaba con rigor el adulterio, no tanto por su deformidad, como por sus inconvenientes.
Llevábanse á los templos con solemnidad los niños recien nacidos, y los sacerdotes los recibian con ciertas amonestaciones, en que les notificaban los trabajos á que nacian. Aplicábanles, si eran nobles, á la mano derecha una espada, y al brazo izquierdo un escudo, que tenian para este ministerio: si eran plebeyos, hacian la misma diligencia con algunos instrumentos de los oficios mecánicos; y las hembras de una y otra calidad empuñaban la rueca y el uso, manifestando á cada uno el género de fatiga con que le aguardaba su destino. Hecha esta primera ceremonia, los llevaban cerca del altar, y con espinas de maguey, ó con lancetas de pedernal les sacaban alguna sangre de las partes de la generacion, y despues les echaban agua, ó los bañaban con otras imprecaciones. En que parece quiso el demonio, inventor de aquellos ritos, imitar el bautismo y la circuncision con la misma soberbia que intentó contrahacer otras ceremonias, y hasta los otros Sacramentos de la Religion Católica; pues introduxo entre aquellos bárbaros la confesion de los pecados, dándoles á entender que se ponian con ella en gracia de sus Dioses, ó un género de comunion ridícula, que ministraban los sacerdotes, ciertos dias del año, repartiendo en pequeños bocados un ídolo de harina masada con miel, que llamaban Dios de la penitencia. Ordenó tambien sus jubileos, instituyó las procesiones, los incensarios y otros remedos del verdadero culto, hasta disponer que se llamasen papas en aquella lengua los sumos sacerdotes. En que se conoce que le costaba particular estudio esta imitacion; fuese por abusar de las ceremonias sacrosantas mezclándolas con sus abominaciones, ó porque no sabe arrepentirse de aspirar con este género de afectaciones á la semejanza del Altísimo.
Los demas ritos y ceremonias de aquella miserable gentilidad eran horribles á la razon y á la naturaleza; bestialidades, absurdos y locuras, que parecieran incompatibles con las demas atenciones que se han notado en su gobierno, si no estuvieran llenas las historias de semejantes engaños de la humana capacidad en otras naciones que vivian mas dentro del mundo, igualmente ciegas en menor obscuridad. Los sacrificios de sangre humana empezaron casi con la idolatría; y siglos ántes los introduxo el demonio entre aquellas gentes, de quien vino hasta los Israelitas el sacrificar sus hijos á las esculturas de Canaan. El horror de comerse los hombres á los hombres se vió primero en otros bárbaros de nuestro emisferio, como lo confiesa entre sus antigüedades la Galacia, y en sus antropófagos la Scitia. Los leños adorados como Dioses, las supersticiones, los agüeros, los furores de los sacerdotes, la comunicacion con el demonio en sus oráculos, y otros absurdos de igual abominacion, se hallan admitidos y venerados por otros gentiles que supieron discurrir y obrar con acierto en lo moral y político. Grecia y Roma desatinaron en la religion, y en lo demas dieron leyes al mundo, y exemplos á la posteridad. De que se conoce la corta jurisdiccion del entendimiento humano, que vuela poco sobre las noticias que recibe de los sentidos y de las experiencias, quando falta en él aquella luz participada con que se descubre la esencia de la verdad. Era la religion de los Mexicanos un compuesto abominable de todos los errores y atrocidades que recibió en diferentes partes la gentilidad. Dexamos de referir por menor las circunstancias de sus festividades y sacrificios, sus ceremonias, hechicerías y supersticiones, porque se hallan á cada paso, y con prolixa repeticion en las Historias de las Indias; y porque, á nuestro parecer, sobre ser materia en que se puede confesar el rezelo de la pluma, es leccion poco necesaria, en que falta la dulzura, y está lejos la utilidad.