Habia tambien otros colegios de matronas dedicadas al culto de los templos, donde se criaban las doncellas de calidad, guardando clausura, y entregadas á sus maestras desde la niñez hasta que salian á tomar estado, con aprobacion de sus padres, y licencia del Rey: diestras ya en aquellas habilidades y labores que daban opinion á las mugeres.

Los hijos de la gente noble, que, al salir de los seminarios, se inclinaban á la guerra, pasaban por otro exâmen digno de consideracion: porque sus padres los enviaban á los exércitos para que viesen lo que se padecia en la campaña, ó supiesen lo que intentaban ántes de alistarse por soldados: y solian enviarlos entre los Tamenes vulgares con su carga de bastimentos al hombro, para que perdiesen la vanidad y fuesen enseñados al trabajo.

No se admitian á la profesion los que mudaban el semblante al horror de las batallas, ó no daban alguna experiencia de su valor: de que resultaba el ser de mucho servicio estos bisoños en el tiempo de su aprobacion, porque todos procuraban señalarse con algun hecho particular, arrojándose á los mayores peligros; y conociendo, al parecer, que, para entrar en el número de los valientes, era necesario dar algo de temeridad á los principios de la fama.

En nada pusieron tanto su felicidad los Mexicanos como en las cosas de la guerra: profesion que miraban los Reyes como principal instituto de su poder, y los súbditos como propia de su nacion. Subian por ella los plebeyos á nobles, y los nobles á las mayores ocupaciones de la monarquía: con que se animaban todos á servir, ó por lo ménos aspiraban á la virtud militar quantos nacian con ambicion, ó tenian espíritu para salir de su esfera. No habia lugar sin milicia determinada con preeminencias que diferenciaban al soldado entre los demas vecinos. Formábanse los exércitos con facilidad: porque los Príncipes del reyno, y los Caciques de las provincias tenian obligacion de acudir á la plaza de armas que se les señalaba con el número de gente que se les repartia: y se pondera entre las grandezas de aquel imperio, que llegó á tener Motezuma treinta vasallos tan poderosos, que podia cada uno poner en campaña cien mil hombres armados. Gobernaban estos la gente de su cargo en la ocasion, dependientes del Capitan general, á quien obedecian, reconociendo en él la representacion de su Rey, quando faltaba su persona del exército, que sucedia pocas veces: porque aquellos Príncipes tenian á desayre de su autoridad el apartarse de sus armas, hallando alguna monstruosidad política en aquella disonancia, que hacen fuerzas propias en ageno brazo.

Su modo de pelear era el mismo que dexamos referido en la batalla de Tabasco: mejor disciplinados los exércitos, ménos confusa la obediencia de los soldados, mas nobleza, y mayores esperanzas. Deshacianse brevemente de las armas arrojadizas para llegar á las espadas, y muchas veces á los brazos, por ser entre aquella gente mayor hazaña el cautiverio que la muerte del enemigo, y mas valeroso el que daba mas prisioneros para los sacrificios. Tenian estimacion y conveniencia los cargos militares, y Motezuma premiaba con liberalidad á los que sobresalian en las batallas: tan inclinado á la milicia, y tan atento á la reputacion de sus armas, que inventó premios honoríficos para los nobles que servian en la guerra, instituyendo cierto género de órdenes militares con sus hábitos ó insignias que daban honra y distincion. Habia unos caballeros que llamaban de las águilas, otros de los tigres, y otros de los leones, que llevaban pendiente ó pintada en los mantos la empresa de su religion. Fundó tambien otra caballería superior, á que solo eran admitidos los Príncipes ó nobles de alcuña real, y se hizo alistar en ella. Traían estos atada parte del cabello con una cinta roxa, y entre las plumas, de que adornaban la cabeza, unas borlas del mismo color, que pendian sobre las espaldas, mas ó ménos, segun las hazañas del caballero, las quales se contaban por el número de las borlas, y se aumentaban con nueva solemnidad como iban creciendo los hechos memorables de la guerra: con que habia dentro de la misma dignidad algo mas que merecer.

Debemos alabar en los Mexicanos la generosidad con que anhelaban á semejantes pundonores; y en Motezuma, el haber inventado en su república estos premios honoríficos: que, siendo la moneda mas fácil de batir, tienen el primer lugar en los tesoros del Rey.


CAPITULO XVII.

Dáse noticia del estilo con que se medían y computaban en aquella tierra los meses y los años: de sus festividades, matrimonios, y otros ritos y costumbres dignas de consideracion.

Tenian los Mexicanos dispuesto y regulado su calendario con notable observacion. Gobernabanse por el movimiento del sol, y midiendo sus alturas y declinaciones para entenderse con el tiempo. Daban al año trescientos y sesenta y cinco dias como nosotros: pero le dividian en diez y ocho meses, señalando á cada mes veinte dias, de cuyo número se componian los trescientos y sesenta; y los cinco restantes eran como dias intercaláres, que se añadian al fin del año para igualar el curso del sol. Mientras duraban estos cinco dias, (que, á su parecer, dexaron advertidamente sus mayores como vacíos y fuera de cuenta) se daban á la ociosidad, y trataban solo de perder, como podian, aquellas sobras del tiempo. Dexaban el trabajo los oficiales, cerrabanse las tiendas, cesaba el despacho de los tribunales, y hasta los sacrificios en los templos. Visitabanse unos á otros, y procuraban todos divertirse con varios entretenimientos, dando á entender que se prevenian con el descanso para entrar en los afanes y tareas del año siguiente: cuyo ingreso ponian en el principio de la primavera, discrepando del año solar, segun el cómputo de los astrólogos, en solos tres dias que venian á tomar de nuestro mes de Febrero.