Salió sin mas dilacion de su palacio, llevando consigo todo el acompañamiento que solia: los Españoles iban á pie junto á las andas, y le cercaban con pretexto de acompañarle. Corrió luego la voz de que se llevaban á su Rey los extrangeros, y se llenaron de gente las calles, no sin algunos indicios de tumulto, porque daban grandes voces, y se arrojaban en tierra, unos despechados, y otros enternecidos; pero Motezuma con exterior de alegría y seguridad los iba sosegando y satisfaciendo. Mandábales primero que callasen, y al movimiento de su mano sucedia repentino el silencio. Deciales despues, que aquella no era prision, sino ir por su gusto á vivir unos dias con sus amigos los extrangeros: satisfacciones adelantadas, ó respuestas sin pregunta, que niegan lo que afirman. En llegando al quartel (que como diximos era la casa real que fabricó su padre) mandó á su guardia que despejáse la gente popular, y á sus ministros que impusiesen pena de la vida contra los que se moviesen á la menor inquietud. Agasajó mucho á los soldados Españoles que le salieron á recibir con reverente alborozo. Eligió despues el quarto donde queria residir: y la casa era capaz de separacion decente. Adornóse luego por sus mismos criados con las mejores alhajas de su guardaropa: pusose á la entrada suficiente guardia de soldados Españoles: dobláronse las que solian asistir á la seguridad ordinaria del quartel: alargáronse á las calles vecinas algunas centinelas, y no se perdonó diligencia de las que correspondian á la novedad del empeño. Dióse órden á todos para que dexasen entrar á los que fuesen de la familia real, que ya eran conocidos, y á los nobles y ministros que viniesen á verle: cuidando de que entrasen unos y saliesen otros, con pretexto de que no embarazasen. Cortés entró á visitarle aquella misma tarde, pidiendo licencia, y observando las puntualidades y ceremonias que quando le visitaba en su palacio. Hicieron la misma diligencia los Capitanes y soldados de cuenta: diéronle rendidas gracias de que honráse aquella casa, como si le hubiera traido á ella su eleccion; y él estuvo tan alegre y agradable con todos, como si no se hallaran presentes los que fueron testigos de su resistencia. Repartió por su mano algunas joyas que hizo traer advertidamente para ostentar su desenojo; y por mas que se observaban sus acciones y palabras, no se conocia flaqueza en su seguridad, ni dexaba de parecer Rey en la constancia con que procuraba juntar los dos extremos de la dependencia y de la magestad. A ninguno de sus criados y ministros (cuya comunicacion se le permitió desde luego) descubrió el secreto de su opresion, ó porque se avergonzase de confesarla, ó porque temió perder la vida, si ellos se inquietasen. Todos miraron por entónces como resolucion suya este retiro: con que no pasaron á discurrir en la osadía de los Españoles, que, de muy grande, se les pudo esconder entre los imposibles, á que no está obligada la imaginacion.
Así se dispuso y consiguió la prision de Motezuma, y él estuvo dentro de pocos dias tan bien hallado en ella, que apénas tuvo espíritu para desear otra fortuna. Pero sus vasallos vinieron á conocer con el tiempo que le tenian preso los Españoles, por mas que le dorasen con el respeto la sujecion. No se lo dexaron dudar las guardias que asistian á su quarto, y el nuevo cuidado con que se tomaban las armas en el quartel; pero ninguno se movió á tratar de su libertad, ni se sabe que razon tuviesen, él para dexarse estar sin repugnancia en aquella prision, y ellos para vivir en la misma insensibilidad, sin extrañar la indecencia de su Rey. Digno fué de grande admiracion el ardimiento de los Españoles; pero no se debe admirar ménos este apocamiento de ánimo en Motezuma, Príncipe tan poderoso, y de tan soberbio natural; y esta falta de resolucion en los Mexicanos, gente belicosa, y de suma vigilancia en la defensa de sus Reyes. Podriamos decir que anduvo tambien la mano de Dios en estos corazones; y no pareceria sobrada credulidad, ni sería nuevo en su providencia: que ya le vió el mundo facilitar las impresas de su pueblo, quitando el espíritu á sus enemigos.
CAPITULO XX.
Como se portaba en la prision Motezuma con los suyos y con los Españoles. Traen preso á Qualpopóca, y Cortés le hace castigar con pena de muerte, mandando echar unos grillos á Motezuma mientras se executaba la sentencia.
Vieron los Españoles dentro de breves dias convertido en palacio su alojamiento, sin dexar de guardarle como carcel de tal prisionero. Perdió la novedad entre los Mexicanos aquella gran resolucion. Algunos, sintiendo mal de la guerra que movió Qualpopóca en la Vera Cruz, alababan la demostracion de Motezuma, y ponderaban como grandeza suya el haber dado su libertad en rehenes de su inocencia. Otros creían que los Dioses, con quien tenia familiar comunicacion, le habrian aconsejado lo mas conveniente á su persona. Y otros, que iban mejor, veneraban su determinacion, sin atreverse á exâminarla: que la razon de los Reyes no habla con el entendimiento, sino con la obligacion de los vasallos. El hacia sus funciones de Rey con la misma distribucion de horas que solia: daba sus audiencias, escuchaba las consultas ó representaciones de sus ministros, y cuidaba del gobierno político y militar de sus reynos, poniendo particular estudio en que no se conociese la falta de su libertad.
La comida se le traia de palacio con numeroso acompañamiento de criados, y con mayor abundancia que otras veces: repartianse las sobras entre los soldados Españoles, y él enviaba los platos mas regalados á Cortés y á sus Capitanes: conocialos á todos por sus nombres, y tenia observados hasta los genios y las condiciones; de cuya noticia usaba en la conversacion, dando al buen gusto y á la discrecion algunos ratos, sin ofender á la Magestad ni á la decencia. Estaba con los Españoles todo el tiempo que le dexaban los negocios: y solia decir que no se hallaba sin ellos. Procuraban todos agradarle, y era su mayor lisonja el respeto con que le trataban: desagradábase de las llanezas; y si alguno se descuidaba en ellas, procuraba reprimir el exceso, dando á entender que le conocia: tan zeloso de su dignidad, que sucedió el ofenderse con grande irritacion de una indecencia que le pareció advertida en cierto soldado Español, y pidió al Cabo de la guardia que le ocupáse otra vez lejos de su persona, ó le mandaria castigar, si se le pusiese delante.
Algunas tardes jugaba con Hernan Cortés al totoloque: juego que se componia de unas bolas pequeñas de oro, con que tiraban á herir ó derribar ciertos bolillos ó señales del mismo metal á distancia proporcionada. Jugabanse diferentes joyas y otras alhajas, que se perdian ó ganaban á cinco rayas. Motezuma repartia sus ganancias con los Españoles, y Cortés hacia lo mismo con sus criados. Solia tantear Pedro de Alvarado, y porque algunas veces se descuidaba en añadir algunas rayas á Cortés, le motejaba con galantería de mal contador; pero no por eso dexaba de pedirle otras veces que no se le olvidáse la verdad. Parecia Señor hasta en el juego, sintiendo el perder como desayre de la fortuna, y estimando la ganancia como premio de la victoria.
No se dexaba de introducir en estas conversaciones privadas el punto de la Religion. Hernan Cortés le habló diferentes veces, procurando reducirle con suavidad á que conociese su engaño. Fray Bartolomé de Olmedo repetia sus argumentos con la misma piedad, y con mayor fundamento. Doña Marina interpretaba estos razonamientos con particular afecto, y añadia sus razones caseras, como persona recien desengañada, que tenia presentes los motivos que la reduxeron; pero el demonio le tenia tan ocupado el ánimo, que se dexaba conquistar su entendimiento, y se quedaba inexpugnable su corazon. No se sabe que le habláse, ó se le apareciese, como solia, desde que los Españoles entraron en México; ántes se tiene por cierto que, al dexarse ver la cruz de Christo en aquella ciudad, perdieron la fuerza los conjuros, y enmudecieron los oráculos; pero estaba tan ciego y tan dexado á sus errores, que no tuvo actividad para desviarlos, ni supo aprovecharse de la luz que se le puso delante. Pudo ser esta dureza de su ánimo fruto miserable de los otros vicios y atrocidades con que tenia desobligado á Dios, ó castigo de aquella misma negligencia con que daba los oídos y negaba la inclinacion á la verdad.