A veinte dias, ó poco mas, llegó el Capitan de la guardia que partió á la frontera de la Vera Cruz, y truxo preso á Qualpopóca con otros Cabos de su exército, que se dieron al sello real sin resistencia. Entró con ellos á la presencia de Motezuma, y él los habló reservadamente, permitiéndolo Cortés, porque deseaba, que los reduxese á callar la órden que tuvieron suya, y dexarse engañar de aquella exterior confianza en que le mantenia. Pasó despues con ellos el mismo Capitan al quarto de Cortés y se los entregó, diciéndole de parte de su Amo:

"Que se los enviaba para que averiguáse la verdad, y los castigáse por su mano con el rigor que merecian."

Encerróse con ellos:

"Y confesaron luego los cargos de haber roto la paz de su autoridad: haber provocado con las armas á los Españoles, de la Vera Cruz, y ocasionado la muerte de Arguello, hecha de su órden á sangre fria en un prisionero de guerra";

sin tomar en la boca la órden que tuvieron de su Rey, hasta que, reconociendo que iba de veras su castigo, tentaron el camino de hacerle complice para escapar las vidas; pero Hernan Cortés negó los oídos á este descargo, tratándole como invencion de los delinqüentes. Juzgóse militarmente la causa, y se les dió sentencia de muerte, con la circunstancia de que fuesen quemados públicamente sus cuerpos delante del palacio real, como reos que habian incurrido en caso de lesa Magestad. Discurrióse luego en la execucion, y pareció no dilatarla; pero temiendo Hernan Cortés que se inquietáse Motezuma, ó quisiese defender á los que morian por haber executado sus órdenes, resolvió atemorizarle con alguna bizarría, que tuviese apariencias de amenaza, y le acordase la sujecion en que se hallaba. Ocurrióle otro arrojamiento notable, á que le debió de inducir la facilidad con que se consiguió el de su prision, ó el ver tan rendida su paciencia. Mandó buscar unos grillos de los que se traían prevenidos para los delinqüentes, y con ellos descubiertos en las manos de un soldado se puso en su presencia, llevando consigo á Doña Marina, y tres ó quatro de sus Capitanes. No perdonó las reverencias con que solia respetarle; pero dando á la voz y al semblante mayor entereza, le dixo:

"Que ya quedaban condenados á muerte Qualpopóca y los demas delinqüentes, por haber confesado su delito, y ser digno de semejante demostracion; pero que le habian culpado en él, diciendo afirmativamente que le cometieron de su órden: y así era necesario que purgáse aquellos indicios vehementes con alguna mortificacion personal: porque los Reyes, aunque no estaban obligados á las penas ordinarias, eran súbditos de otra ley superior que mandaba en las coronas, y debian imitar en algo á los reos, quando se hallaban culpados, y trataban de satisfacer á la justicia del Cielo."

Dicho esto, mandó con imperio y resolucion que le pusiesen las prisiones, sin dar lugar á que le replicáse: y en dexándole con ellas, le volvió las espaldas, y se retiró á su quarto, dando nueva órden á las guardias para que no se le permitiese por entónces la comunicacion de sus ministros.

Fué tanto el asombro de Motezuma, quando se vió tratar con aquella ignominia, que le faltó al principio la accion para resistir, y despues la voz para quejarse. Estuvo mucho rato como fuera de sí: los criados que le asistian, acompañaban su dolor con el llanto, sin atreverse á las palabras, arrojándose á sus pies para recibir el peso de los grillos: y él volvió de su confusion con principios de impaciencia; pero se reprimió brevemente: y atribuyendo su infelicidad á la disposicion de sus Dioses, esperó el suceso, no sin cuidado, al parecer, de que peligraba su vida; pero acordándose de quien era, para temer sin falta de valor.

No perdió tiempo Cortés en lo que llevaba resuelto: salieron los reos al suplicio, hechas las prevenciones necesarias para que no se aventuráse la execucion. Consiguióse á vista de innumerable pueblo, sin que se oyése una voz descompuesta, ni hubiese que rezelar. Cayó sobre aquella gente un terror, que tenia parte de admiracion, y parte de respeto. Extrañaban aquellos actos de jurisdiccion en unos extrangeros, que, quando mucho, se debian portar como Embaxadores de otro Príncipe; y no se atrevieron á poner duda en su potestad, viéndola establecida con la tolerancia de su Rey: de que resultó el concurrir todos al espectáculo con un género de quietud amortiguada, que, sin saber en que consistia, dexó su lugar al escarmiento. Ayudó mucho en esta ocasion el estar mal recibida entre los Mexicanos la invasion de Qualpopóca, y se hizo su delito mas aborrecible con la circunstancia de culpar á su Rey: descargo que pasó por increible; y aun siendo verdadero, se culpára como atrevido sedicioso. Débese mirar este castigo como tercer atrevimiento de Cortés, que se logró como se habia discurrido, y se discurrió sobre principios irregulares. El lo resolvió, y lo tuvo por conveniente y posible: conocia la gente con quien trataba, y lo que suponia en qualquier acontecimiento la gran prenda que tenian en su poder. Dexémonos cegar de su razon, ó no la traygamos al juicio de la Historia, contentándonos con referir el hecho como pasó, y que una vez executado, fué de gran conseqüencia para dar seguridad á los Españoles de la Vera Cruz, y reprimir por entónces los principios de rumor que andaban entre los nobles de la ciudad.

Volvió luego Cortés al quarto de Motezuma, y con alegre urbanidad le dixo: