Leonor. ¿Lo oíste? ¡Negra fortuna!
Ya ni esperanza ninguna,
ningún consuelo me resta.
Jimena. ¿Mas por qué por el de Luna
tanto empeño manifiesta?
Leonor. Esa soberbia ambición
que le ciega y le devora
es ¡triste! mi perdición.
¡Y quiere que al que me adora
arroje del corazón!
Yo al Conde no puedo amar,
le detesto con el alma;
él vino ¡ay Dios! a turbar
de mi corazón la calma
y mi dicha a emponzoñar.
¿Por qué perseguirme así?
Desde anoche le aborrezco
más y más. Yo que creí
que era Manrique... ¡Ay de mí![27]
Todavía me estremezco.
Por él me aborrece ya.
Jimena. ¿Don Manrique?
Leonor. Sí, Jimena.
Jimena. ¿De vuestro amor dudará?
Leonor. Celoso del Conde está,
y sin culpa me condena... (llora)
Jimena. ¿Siempre llorando, mi amiga?
No cesas...
Leonor. Llorando, sí;
yo para llorar nací;
mi negra estrella enemiga,
mi suerte, lo quiere así.
Despreciada, aborrecida
del que amante idolatré,
¿qué es ya para mí la vida?
Y él creyó que envilecida
vendiera a otro amor mi fe.
No, jamás,... la pompa, el oro,
guárdelos el Conde allá;
ven, trovador, y mi lloro
te dirá cómo te adoro,
y mi angustia te dirá.
Mírame aquí prosternada;
ven a calmar la inquietud
de esta mujer desdichada;
tuyo es mi amor, mi virtud...
¿Me quieres más humillada?
Jimena. ¿Qué haces, Leonor?