Nuño. ¿Tan en extremo enojada
está?
Guillén. ¿No sabéis, señor,
que no hay tirano mayor
como la mujer rogada?
Nuño. Pues bien, la arrebataré
a los pies del mismo altar;[38]
si ella no me quiere amar,
yo a amarme la obligaré.
Guillén. ¡Conde!
Nuño. Sí, sí... loco estoy,
no os enojéis; ni he querido
ofender...
Guillén. Noble he nacido,
y noble, don Nuño, soy.
Nuño. Basta; ya sé, don Guillén,
que es ilustre vuestra cuna.
Guillén. Y jamás mancha ninguna
la oscurecerá.
Nuño. Está bien;
dejadme.
Guillén. ¿Quién más que yo
éste enlace estimaría?
Mas si amengua mi hidalguía,
no quiero tal dicha, no.