Nuño. Y hoy la voy a perder[40] para siempre si no me ayuda tu arrojo. Yo debía haberla olvidado; pero mi corazón, y tal vez mi orgullo, se han resentido ya en extremo... me es imposible no amarla. Cuando murió Manrique en el ataque de Velilla, creí que resignándose con su suerte, se tendría por muy dichosa en dar la mano al Conde de Luna, en llevar un apellido noble y brillante; me engañé... apenas podría creerlo; ha preferido encerrarse con su orgullo en un claustro. Hoy mismo[41] debe profesar en el convento de Jerusalén.

Guzmán. ¡Hoy mismo!

Nuño. Sí; yo no quiero que este acto se verifique.

Guzmán. ¿Cómo estorbarlo?

Nuño. ¿No comprendes?

Guzmán. Mandad.

Nuño. Yo te prometo que nada te sucederá; el Rey acaba de hacerme Justicia mayor de Aragón; de consiguiente, contra ti no se hará justicia. El pueblo está consternado con la muerte violenta que han dado los rebeldes al Arzobispo; el Rey necesita de mí y de mis vasallos en estos momentos críticos; todo nos favorece.

Guzmán. Cierto.

Nuño. ¿Cuál de mis criados te parece más a propósito para que vaya contigo?

Guzmán. Ferrando.