Leonor. ¿Lo dudas?...
Manrique. Vamos...
pronto huyamos de aquí.
Leonor. ¡Si ver pudieses
la lucha horrenda que mi pecho abriga!
¿Qué pretendes de mí? ¿Que infame, impura,
abandone el altar, y que te siga
amante tierna a mi deber perjura?
Mírame aquí a tus pies, aquí te imploro
que del seno me arranques de la dicha;
tus brazos son mi altar, seré tu esposa,
y tu esclava seré; pronto, un momento,
un momento pudiera descubrirnos
y te perdiera entonces.
Manrique. ¡Ángel mío!
Leonor. Huyamos, sí... ¿No ves allí en el claustro
una sombra?... ¡Gran Dios!
Manrique. No hay nadie, nadie...
fantástica ilusión.
Leonor. ¡Ven, no te alejes;
tengo un miedo! No, no... te han visto... vete...
pronto, vete por Dios... mira el abismo
bajo mis pies abierto; no pretendas
precipitarme en él.
Manrique. Leonor, respira,
respira por piedad; yo te prometo
respetar tu virtud y tu ternura.
No alienta; sus sentidos trastornados...
me abandonan sus brazos... no, yo siento
su seno palpitar... Leonor, ya es tiempo
de huir de esta mansión, pero conmigo
vendrás también. Mi amor, mis esperanzas,
tú para mí eres todo, ángel hermoso.
¿No me juraste amarme eternamente
por el Dios que gobierna el firmamento?
Ven a cumplirme, ven, tu juramento.
ESCENA VI
Calle corta;[66] a la izquierda se ve la fachada de una iglesia