Leonor. ¡Sí; Manrique!... ¡Manrique!... Ya no puede
ser tuya esta infeliz; nunca... mi vida,
aunque llena de horror y de amargura,
ya consagrada está, y eternamente,
en las aras de un Dios omnipotente.
Peligroso mortal, no más te goces
envenenando ufano mi existencia;
demasiado sufrí, déjame al menos
que triste muera aquí con mi inocencia.
Manrique. ¡Esto aguardaba yo! ¡Cuando creía
que más que nunca enamorada y tierna
me esperabas ansiosa, así te encuentro,
sorda a mi ruego y a mis halagos fría!
¿Y tiemblas, di, de abandonar las aras
donde tu puro afecto y tu hermosura
sacrificaste a Dios...? ¡Pues qué![65]... ¿No fueras
antes conmigo que con Dios perjura?
Sí; en una noche...
Leonor. ¡Por piedad!
Manrique. ¿Te acuerdas?
En una noche plácida y tranquila...
¡Qué recuerdo, Leonor! Nunca se aparta
de aquí, del corazón; la luna hería
con moribunda luz tu frente hermosa,
y de la noche el aura silenciosa
nuestros suspiros tiernos confundía.
«Nadie cual yo te amó,» mil y mil veces
me dijiste falaz: «Nadie en el mundo
como yo puede amar»; y yo, insensato,
fiaba en tu promesa seductora,
y feliz y extasiado en tu hermosura,
con mi esperanza allí me halló la aurora.
¡Quimérica esperanza! ¡Quién diría
que la que tanto amor así juraba,
juramento y amor olvidaría!
Leonor. Ten de mí compasión; si por ti tiemblo,
por ti y por mi virtud, ¿no es harto triunfo?
Sí; yo te adoro aún; aquí, en mi pecho,
como un raudal de abrasadora llama
que mi vida consume, eternos viven
tus recuerdos de amor; aquí, y por siempre,
por siempre aquí estarán, que en vano quiero,
bañada en lloro, ante el altar postrada,
mi pasión criminal lanzar del pecho.
No encones más mi endurecida llaga;
si aún amas a Leonor, huye, te ruego;
libértame de ti.
Manrique. ¡Que huya me dices!...
¡Yo, que sé que me amas!
Leonor. No, no creas...
no puedo amarte yo... si te lo he dicho,
si perjuro mi labio te engañaba,
¿lo pudiste creer?... Yo lo decía,
pero mi corazón... te idolatraba.
Manrique. ¡Encanto celestial! Tanta ventura
puedo apenas creer.
Leonor. ¿Me compadeces?...
Manrique. Ese llanto, Leonor, no me lo ocultes;
deja que ansioso en mi delirio goce
un momento de amor; injusto he sido,
injusto para ti... vuelve tus ojos,
y mírame risueño y sin enojos.
¿Es verdad que en el mundo no hay delicia
para ti sin mi amor?