Leonor. Huye; ¿qué has hecho?

Manrique. Vengo a salvarte, a quebrantar osado
los grillos que te oprimen, a estrecharte
en mi seno, de amor enajenado.
¿Es verdad, Leonor? Dime si es cierto
que te estrecho en mis brazos, que respiras
para colmar hermosa mi esperanza,
y que extasiada de placer me miras.

Leonor. ¡Manrique!

Manrique. Sí; tu amante que te adora
más que nunca feliz.

Leonor. ¡Calla!...

Manrique. No temas;
todo en silencio está como el sepulcro.

Leonor. ¡Ay! Ojalá que en él feliz durmiera
antes que delincuente profanara,
torpe esposa de Dios, su santo velo.

Manrique. ¡Su esposa tú!... Jamás.

Leonor. Yo desdichada,
Yo no ofendiera con mi llanto al cielo.[64]

Manrique. No, Leonor; tus votos indiscretos
no complacen a Dios; ellos le ultrajan.
¿Por qué temes? Huyamos; nadie puede
separarme de ti... ¿Tiemblas?... ¿Vacilas?