Jimeno. Empezó a engordar inmediatamente.
Ferrando. Eso era natural.
Jimeno. Y a guiarse por mis consejos,[8] hubiera sido también tostada la hija, la hija de la hechicera.
Ferrando. ¡Pues por supuesto![9]... Dime con quién andas[10]...
Jimeno. No quisieron entenderme, y bien pronto tuvieron lugar de arrepentirse.
Guzmán. ¿Cómo!
Jimeno. Desapareció el niño, que estaba ya tan rollizo que daba gusto verle; se le buscó por todas partes, ¿y sabéis lo que se encontró? Una hoguera recién apagada en el sitio donde murió la hechicera, y el esqueleto achicharrado del niño.
Ferrando. ¡Cáspita! ¿Y no la atenacearon?
Jimeno. Buenas ganas teníamos todos de verla arder por vía de ensayo para el infierno; pero no pudimos atraparla, y sin embargo si la viese ahora...
Guzmán. ¿La conoceríais?