Nuño. Albricias, don Guillén, hoy
recobraréis vuestra hermana.

Guillén. No sabéis cuál lo deseo,
por lavar la torpe mancha
que esa pérfida ha estampado
en el blasón de mis armas.
Allí con su seductor...
no quiero pensarlo... ¡infamia
inaudita! Y está allí...
¿y yo no voy a arrancarla
con el corazón villano
el torpe amor que la abrasa?

Nuño. Sosegáos.

Guillén. No; no sosiega
el que así de su prosapia
ve el blasón envilecido...
Honrado nací en mi casa,
y a la tumba de mis padres
bajará mi honor sin mancha.

Nuño. Sin mancha, yo os lo prometo.

Guillén. ¡El traidor! ¡Que se escapara[70]
la noche que en Zaragoza
entre el rumor de las armas,
la arrancó del claustro!

Nuño. En vano
perseguirle procuraba;
se me ocultó entre los suyos[71]...

Guillén. Que bien pagaron su audacia.

Nuño. Que levanten esas tiendas
para ponernos en marcha
al instante... ¡Nos esperan!
¿Tienen mucha gente?

Guillén. Basta
para guardar el castillo
la que he visto... y bien armada.
Catalanes[72] son los más,
y toda gente lozana.