Manrique. Nada, nada.

Leonor. En vano me lo ocultas.

Manrique. Nada siento.
Estoy bueno... ¿Qué dices? ¿Que temblaba
mi mano?... No... ilusión... nunca he temblado.
¿Ves cómo estoy tranquilo?

Leonor. De otra suerte
me mirabas ayer... tu calma fría
es la horrorosa calma de la muerte.
¿Pero qué causa, dime, tus pesares?

Manrique. ¿Quieres que te lo diga?

Leonor. Sí, lo quiero.

Manrique. Ningún temor real; nada que pueda
hacerte a ti infeliz ni entristecerte
causa mi turbación... mi madre un día
me contó cierta historia, triste, horrible,
que no puedes saber, y desde entonces
como un espectro me persigue eterna
una imagen atroz... no lo creyeras,
y a contártelo yo,[76] te estremecieras.

Leonor. Pero...

Manrique. No temas, no; tan sólo ha sido[77]
un sueño, una ilusión, pero horrorosa...
un sudor frío aún por mi frente corre.
Soñaba yo que en silenciosa noche,
cerca de la laguna que el pie besa
del alto Castellar, contigo estaba.
Todo en calma yacía; algún gemido
melancólico y triste
sólo llegaba lúgubre a mi oído.
Trémulo como el viento, en la laguna
triste brillaba el resplandor siniestro
de amarillenta luna.
Sentado allí en su orilla y a tu lado
pulsaba yo el laúd, y en dulce trova
tu belleza y mi amor tierno cantaba,
y en triste melodía
el viento, que en las aguas murmuraba,
mi canto y tus suspiros repetía.
Mas súbito, azaroso, de las aguas
entre el turbio vapor, cruzó luciente
relámpago de luz que hirió un instante
con brillo melancólico tu frente.
Yo vi un espectro que en la opuesta orilla
como ilusión fantástica vagaba
con paso misterioso
y un quejido lanzando lastimoso
que el nocturno silencio interrumpía,
ya triste nos miraba,
ya con rostro infernal se sonreía.
De pronto el huracán cien y cien truenos
retemblando sacude,
y mil rayos cruzaron,
y el suelo y las montañas
a su estampido horrísono temblaron.
Y envuelta en humo la feroz fantasma,
huyó, los brazos hacia mí tendiendo.
«¡Véngame!» dijo, y se lanzó a las nubes;
«¡Véngame!» por los aires repitiendo.
Frío con el pavor tendí los brazos
a donde estabas tú... tú ya no estabas,
y sólo hallé a mi lado
un esqueleto, y al tocarle osado,[78]
en polvo se deshizo, que violento
llevose al punto retronando el viento.
Yo desperté azorado; mi cabeza
hecha estaba un volcán, turbios mis ojos;
mas logro verte al fin, tierna, apacible,
y tu sonrisa calma mis enojos.[79]

Leonor. ¿Y un sueño solamente
te atemoriza así?