Más que por las historias generales de Indias y las primitivas de la Conquista de Méjico, inclusas las propias Cartas de Relación de Hernán Cortés, el glorioso vencedor de Otumba es famoso en el mundo por el brillante panegírico de D. Antonio de Solís. Traducido al francés, inglés y alemán; texto para el aprendizaje de la lengua española en Francia, las prensas de Madrid y Barcelona, de Amberes, París y Londres no han cesado de difundir la lectura del único libro español de historia americana que no ha tenido rival hasta el presente ni en el primor del entretejer los sucesos ni en la magia del estilo.
Al cabo de más de dos siglos de su publicación, bien pueden hoy repetirse los elogios que la Historia de la conquista de México mereció, en justicia, á los dos mayores eruditos de aquel tiempo, D. Nicolás Antonio y D. Gaspar de Mendoza Ibáñez de Segovia, Marqués de Mondéjar. Éste, sin pecar de exagerado, juzgaba nuestra obra «sin competencia, ni ofensa de cuantas hasta ahora se han trabajado en nuestra lengua, por la que más la engrandece y demuestra la hermosura, la copia y el ornato de que es capaz.» Y el insigne D. Nicolás Antonio escribía lo siguiente: «El estilo es el propio de la Historia, puro, elegante, claro. El genio que lo gobierna, ingenioso, discreto, robusto. Adórnalo con sentencias no afectadas ni sobrepuestas, sino sacadas ó nacidas de los mismos sucesos, y con reflexiones sobre ellos muy propias de su gran talento.»
Maravilla verdaderamente que la segunda mitad del siglo XVII, en que el culteranismo, el conceptismo, el prosaísmo y tantos ismos semejantes viciaban la poesía y la elocuencia españolas, nos haya podido legar monumento tan castizo y tan bello como la prosa de Solís, máxime en la historiografía de Indias, que en tiempos anteriores, fuera de las excelentes Décadas de Herrera, apenas si había ensayado con acierto las formas clásicas de la narración histórica.
No hay que decir que en el terreno científico, en que tanto hemos progresado, la Historia de Solís, como, en mayor ó menor grado, otras de su tiempo, resulta hoy necesariamente anticuada. Pero aun sin esta circunstancia, la Historia de la Conquista de México no es comparable en modo alguno, en punto á erudición de primera mano ni á crítica de los hechos, con las obras del Canciller Ayala, Zurita, Morales, Sandoval ó Flórez.
No fué, pues, Solís un erudito ni un crítico de primer orden, como éstos; pero fué, seguramente, un admirable escritor de historia, rival de los mejores que hemos tenido hasta el presente, y su obra y la de Mariana las únicas historias clásicas que han llegado á nuestro siglo siempre leídas y admiradas. Decía Hartzenbusch que el autor dramático perfecto será aquel
Que llegue á juntar al fin
El genio, de Calderón,
Y el arte, de Moratín.
Con aplicación á la historia, podríamos decir igualmente que el historiador ideal sería aquel que hermanase felizmente las dotes de Zurita y de Solís.