No sabemos á punto fijo cuándo éste dió comienzo á su obra. Que la emprendió no mucho después de su nombramiento de Cronista mayor de Indias, verificado en 1666, lo prueba el hecho de tenerla ya adelantada en 1675, esto es, ocho años antes de terminarla en 1683. En carta de Solís al Arcediano de Zaragoza D. Diego José Dormer, que existe inédita en la Biblioteca Nacional, fechada en Madrid á 20 de Julio de 1675, le decía lo siguiente: «Será Ud. de los primeros que vean la Historia de Nueva España, que traigo en las manos;» testimonio irrefragable de que pensaba acabarla bien pronto.
Tenía entonces Solís 65 años. Á los 17 había compuesto su comedia Amor y obligación. Algunas otras, como La Gitanilla y El amor al uso, imitadas por Tomás Corneille, le conquistaron señalado lugar entre nuestros dramáticos. Colaboró en El Pastor Fido con Calderón y Coello. En estas comedias, como en sus obras líricas, sagradas y profanas, revélanse ya á las claras las dotes literarias del futuro prosista.
Como Calderón, Solís abrazó el estado eclesiástico después de los cincuenta años. Era ya Sacerdote cuando dió principio á su Historia de México, y así se explica que en las páginas de este libro cedan tan á menudo la palabra el historiador al clérigo y al anciano, si bien sobre todos hable siempre el literato, con una sencillez y elegancia superiores á los años.
Se ha dicho y repetido hasta la saciedad, sin entera justicia, que por no cansarse nunca Solís de corregir y limar su obra, peca ésta de artificiosa con frecuencia. Pero es de advertir, ante todo, que si es cierto que desde que nuestro autor comenzó su obra hasta que la puso término transcurrieron bastantes años, no se ha de creer por eso que los empleara en su composición enteramente. Por el contrario, es indudable que dejó pasar, no pocas veces, el tiempo sin poner mano en su escrito. En carta á su protector y amigo D. Alonso Carnero, el 19 de Octubre de 1680, confiesa Solís sus negligencias historiales, añadiendo que «los señores del Consejo de Indias se habían querido desquitar de aquellas negligencias pidiéndole repetidos informes sobre algunas noticias.» Un año después, en 1681, en vísperas de cumplir los 70, proseguía su obra sin descanso, á pesar—escribía—de que «la vejez no se descuida en acortar con sus achaques las distancias de la mocedad.» En el verano de 1683 estaba ya terminada, como lo acredita la licencia de impresión, fechada el 16 de Agosto de aquel año.
Que Solís fué incansable en la corrección de su Historia, nada lo prueba tanto como el manuscrito original de aquélla, existente, por dicha, en nuestra Biblioteca Nacional, que he tenido el placer de examinar detenidamente. Es un volumen de 581 folios, registrado con la signatura J. 93. Carece de los preliminares que preceden á la primera edición, esto es, aprobaciones, censuras, licencias, etc., así como de los dos Índices de capítulos y de las Cosas notables.
Puedo asegurar resueltamente que es el manuscrito mismo que sirvió para la misma edición. Pruébanlo decisivamente las hojas rubricadas por Gabriel de Arestí, secretario del Rey y Escribano de Cámara, y la firma de éste al final del libro. Ahora bien: en la licencia de impresión se dice terminantemente que se imprima aquél «por el original que en el nuestro Consejo se vió, que va rubricado, y firmado al fin de Gabriel de Arestí y Larrazábal, nuestro Secretario y Escribano de Cámara.» ¿Puede caber duda alguna en este punto?
Está el libro escrito de distinta mano que la de Solís, pero son de su puño y letra las numerosas enmiendas que contiene, unas para corregir los errores de la copia, y otras, las más, para mejorar el texto con oportunas alteraciones, testimonio concluyente de que Solís, aun después de acabar su obra y de estar ésta sacada en limpio para la impresión, todavía continuaba corrigiéndola. Sólo en el primer capítulo he registrado numerosas enmiendas. Comienzan éstas en el título mismo del capítulo. Había escrito Solís primeramente: «Motivos en cuya virtud parece es necesario dividir en diferentes partes la Historia de las Indias, para que puedan comprehenderse.» Tachó después las palabras que he subrayado y las sustituyó con estas otras: «que obligan á tener por necesario que se divida»....., dejando las demás.
Se conoce que las enmiendas fueron hechas antes de presentar el libro al Consejo, porque aparecen en la primera edición, que fué bastante esmerada. No así las posteriores, en términos de contener las últimas tantos y tales errores, mejor dicho, erratas, que reclama con urgencia nueva y depurada edición, según el precioso manuscrito original que acabo de dar á conocer á los estudiosos.
En esta tierra de improvisadores, pocos son los que, como Solís, Moratín, Reinoso, Ayala ó Hartzenbusch, han castigado sus versos y sus prosas con tanta prolijidad y perseverante esmero. Del Consejo de Voltaire de escribir con todo el fuego de la inspiración y corregir con todo el hielo de la crítica, sólo se suele seguir la primera parte. En cambio nuestros vecinos de allende el Pirineo practican tanto ó más la segunda que la primera. Acaso por esto en la nación vecina es más conocido y apreciado que en las demás el libro de Solís.
Con todos los defectos, imaginados ó reales, que se señalan en este libro, ello es que nuestros modernos escritores de historia tienen que aprender mucho del historiador de la conquista de Méjico, ya como elemento educador, ya como ejemplo que seguir, salvas las diferencias de tiempos, á fin de dotar á nuestra literatura de lo que hoy más carece, esto es, de verdadero estilo histórico, tan distante de la pompa y aparato del estilo poético como del pormenorismo y la rudeza de la erudición deslavazada. Claridad, precisión, elegancia: esas fueron las cualidades esenciales de Solís, y serán siempre las del estilo histórico.