Por lo visto, no se sentía entonces inclinada al claustro. Amores contrariados, ó los consejos é instancias del P. Núñez, jesuíta, confesor de los Virreyes, la llevaron á profesar en el monasterio mejicano de monjas jerónimas, donde pasó el resto de su vida hasta su muerte, ocurrida, á los cuarenta y cuatro años y cinco meses de edad, el 17 de Abril de 1695.

Leyendo los tres abultados volúmenes de sus obras, lo primero que salta á la vista es la diversidad de los géneros cultivados por la Monja mejicana, así en verso como en prosa. Villancicos, sonetos, endechas, sátiras, liras y silvas, loas, autos y comedias, poemas cortos, cartas y comentarios, publican la fecundidad y variedad de su ingenio, así por lo que toca á la inspiración poética, como por lo que respecta á la erudición y la crítica en materias religiosas y profanas. Fénix de México, Décima Musa, Milagro del Parnaso fué apellidada en el pomposo lenguaje de su época. Solamente el primer tomo de sus obras alcanzó cuatro ediciones en cuatro años, de 1689 á 1692, en las prensas de Madrid, Barcelona y Zaragoza.

Después de la diversidad de géneros y materias, lo que más nos sorprende en nuestra escritora es que sus mejores escritos, con ser obra de una Monja, y de Orden ascética, como la de San Jerónimo, sean profanos, demasiado profanos y picantes á veces, hasta el punto que varias composiciones insertas en la edición de Zaragoza de 1692 no fueron reproducidas en las posteriores.

Pero hay que tener en cuenta que las Comunidades religiosas en América disfrutaron siempre excepcionales anchuras, superiores ó diversas de las que gozaban en la Península, en términos de causar verdadera extrañeza y asombro á los viajeros españoles, no sólo religiosos, sino seglares, como Ulloa y D. Jorge Juan.

Sin embargo, no faltaron en el mismo Méjico quienes, escandalizados por algún que otro desenfado de nuestra Monja, trabajaron con insistencia, no sólo para que no escribiese, sino para que ni estudiase siquiera. «Una vez (refiere la misma Sor Juana Inés) lo consiguieron con una Prelada muy santa y muy cándida, que creyó que el estudio era cosa de Inquisición, y me mandó que no estudiase: yo la obedecí unos tres meses que duró el poder ella mandar, en cuanto á no tomar libro; en cuanto á no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer; porque, aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal.»

Como nuestra Monja fué poco amiga de vanidades humanas, aun la gloria legítima entró rara vez como fin ó como parte en la composición de sus escritos. «En lo poco que se ha impreso mío (escribía al Obispo de la Puebla de los Ángeles en 1691), no sólo mi nombre, pero ni el consentimiento para la impresión ha sido dictamen propio, sino la libertad ajena..... de suerte que solamente unos Ejercicios devotos para los nueve días antes del de la Purísima..... y unos Ofrecimientos para el santo Rosario..... que se ha de rezar el día de los Dolores de Nuestra Señora, se imprimieron con gusto mío, por la pública devoción, pero sin mi nombre.» Fué preciso que el Virrey, Conde de Paredes, y su esposa, Doña María Luisa Gonzaga Manrique de Lara, le ordenasen la entrega de sus obras, á fin de darlas á la estampa, para que se resolviese á reunir las que formaron luego el primer volumen de sus obras. Salieron éstas á luz, en Madrid, 1689, con el gongorino título, que tanto se prestaba á epigramáticas interpretaciones: Inundación Castálida de la única poetisa, Musa décima Soror Juana Inés de la Cruz; cambiado después por el más sencillo: Poemas de la única poetisa, etc.

En estos días en que tanto se habla y escribe en defensa de las mujeres, bueno será recordar que Sor Juana Inés de la Cruz consagró no escasa parte de sus escritos, en prosa y verso, en pro de esta causa; de manera que bien podemos colocarla á la cabeza del movimiento en razón y en justicia. En su estado y en su época era hasta cierto punto heroica la defensa. Refiriéndose á sus hermosas redondillas Contra las injusticias de los hombres al hablar de las mujeres, que excuso dar al pie de este trabajo, se ha dicho que nuestra monja fué por extremo dura con los hombres; pero es no menos cierto que en otras composiciones juzga á las mujeres con bastante severidad, aun en materias de amor, como se ve bien claro, entre otras poesías, en el soneto que comienza:

Al que ingrato me deja, busco amante;

Al que amante me sigue, dejo ingrata;

Constante adoro á quien mi amor maltrata;