Por lo que á España respecta, baste recordar la brillante concurrencia de Colombia á la Exposición Hispano-Americana, la novedad y riqueza de sus antigüedades, y muy en especial la espléndida colección regalada á España, á no dudarlo el presente más valioso que ésta ha recibido hasta el día de ninguna de sus hijas allende el Atlántico.
Las fiestas de Bogotá, organizadas por las comisiones reunidas del Cuerpo Legislativo, del Poder Ejecutivo y del Concejo Municipal, no han consistido solamente en iluminaciones, salvas, dianas y otros actos religiosos, militares y civiles, de rúbrica en tales casos, sino también en hechos de mayor alcance y trascendencia, como la publicación del libro Apoteosis de Colón, colección de piezas de autores colombianos hecha por D. Ignacio Borda, algunas de las cuales, como el Ensayo biográfico de Gonzalo Jiménez de Quesada, por el Dr. Pedro M. Ibáñez, han venido á enriquecer, con nuevos datos y juicios, la historia colombiana. En igual caso se encuentran otras nuevas publicaciones, como el libro Aborígenes de Colombia, del distinguido autor del artículo Colombia en la Exposición.
La patria de Miguel Antonio Caro y de Rufino Cuervo, centro de la erudición y del gusto en la América Meridional, ha estado á la altura de sus tradiciones, no sólo en el terreno científico, sino en el ameno campo de las musas, como lo acreditan las poesías de Rafael Pombo, Alirio Díaz Guerra, José Joaquín Casas, Roberto Mc-Dowall y las Sras. Dávila de Ponce, Antomarchi de Rojas y la Srta. Elmira Antomarchi. No pecaba, ciertamente, de exagerado el peruano doctor Aramburu cuando, en la fiesta literaria celebrada en Lima el 12 de Octubre último, apellidaba á Colombia: «cerebro de nuestro Continente.»
Colón y la Reina Católica han sido glorificados igualmente en las fiestas colombianas. En la procesión cívica del 12 de Octubre, los tres últimos carros tenían por asunto á la gran Reina, ya acogiendo á Colón, ya ofreciéndole sus joyas, bien dictando en su codicilo la célebre cláusula, nunca lo bastante bendecida, en que recomienda el tratamiento humanitario de los indios.
Pero el acto más bello de todos ha sido la colocación de las piedras angulares de un monumento á Colón y de un hospital bautizado con el título de Isabel la Católica, primer edificio americano que ostenta el nombre de la magnánima soberana de Castilla.
Quesada falleció de más de ochenta años, el 16 de Febrero de 1579. Murió pobre. Debía más de 60.000 pesos. Fué sepultado en el convento de Santo Domingo, en Mariquita, situado frente á la casa en que expiró. En 1597 fueron trasladados sus restos á Bogotá. Al acercarse la celebración del Centenario, las cenizas de Quesada carecían de sepulcro digno de su gloria.
El Municipio de Bogotá no quiso dejar de pagar más tiempo tan sagrada deuda. El 15 de Julio del corriente año fueron colocadas solemnemente en un mausoleo de mármol blanco sobre base arenisca, erigido en la plazuela formada por las portadas de los cementerios públicos, en la acera del Norte.
Las inscripciones del mausoleo son éstas: al Sur, frente principal: JIMÉNEZ DE QUESADA; al Occidente: AL FUNDADOR DE SANTA FE DE BOGOTÁ; al Oriente: el Consejo municipal de Bogotá. y al Norte: EXPECTO RESURRECTIONEM MORTUORUM. Era esta la única inscripción y epitafio que el mismo Quesada ordenó se colocase en su sepulcro: Espero la resurrección de los muertos. ¡Digna expresión de su cristiana humildad!
Ya sólo resta que el Municipio bogotano, mejor dicho, la ciudad entera, la República toda, erijan una estatua al fundador del Nuevo Reino de Granada. ¿No la tiene Bolívar, segundo padre de Colombia? ¿Pues por qué negar al primero honor no menos merecido?
Ocasiones adecuadas fueron el 16 de Febrero de 1879, tercer centenario de la muerte de Quesada, y el 12 del último Octubre. Al poner las primeras piedras del hospital Isabel la Católica y del monumento á Colón, bien pudo colocarse también la del de Quesada, honrando así juntamente los tres nombres que simbolizan el natalicio de la hoy libre nación colombiana á la vida de la civilización.