No ha sido así, quizá por apatía, simplemente, ó acaso más bien porque las nuevas y reparadoras tendencias no han podido desvanecer aún del todo arraigadas equivocaciones. Leyendo la prensa bogotana, he podido advertir acá y allá, al tratar de España, algún juicio erróneo, alguna frase improcedente, restos de inveteradas preocupaciones. Harto camino se ha andado en poco tiempo en el terreno de la fraternidad y la justicia, para abrigar ya, resueltamente, la consoladora esperanza de que todo se andará seguramente. Sirvan de aliento y estímulo á nuestros hermanos de Colombia las seguridades de nuestra estimación y afecto.
Después de todo, lo que ocurre en Colombia sucede también en España, esto es, que aquí, como allá, no faltan quienes, bebiendo en las envenenadas fuentes de trasnochadas declamaciones, no conocen ni han podido conocer nunca, á la luz de la verdad, la naturaleza y magnitud de la empresa civilizadora de España en el Nuevo Mundo, porque el fanatismo político anubla sus ojos y perturba sus corazones. En los americanos concurren, además, las memorias de las luchas de la independencia, luchas que americanos y españoles, al fin y al cabo, hemos de mirar únicamente como contiendas civiles que pasaron y que no han de repetirse jamás.
Y si entre nosotros es menos vivo el recuerdo de esas contiendas, si nos hallamos más fácilmente dispuestos á renovar los sagrados vínculos de familia, como todo americano que viene á España puede observar desde luego, con grata sorpresa, nada más natural que así sea, porque en materias de afecto siempre ha sido mayor el de los padres que el de los hijos.
Afortunadamente, el digno Ministro de España en Bogotá, D. Bernardo Cólogan, supo interpretar noblemente los sentimientos de nuestra patria. Su carta, publicada en El Correo Nacional, y su discurso pronunciado el 12 de Octubre, en la ceremonia verificada en la plaza de Bolívar, fueron acogidos con inequívocas muestras de aprecio. «Tan dueños sois—les decía—de vuestros destinos como de vuestros juicios; pero sabed también que si España escucha solícita vuestras palpitaciones, es porque una voz de la sangre, respondiendo al dulce eco de su amplia y sonora lengua, la orienta hacia estas esplendorosas regiones, y nada puede aventajar en ella á las fruiciones de vuestra cariñosa correspondencia.»
No habría sido completa la celebración del Centenario si no hubiese tenido en ella parte la memoria de Jiménez de Quesada. Si el descubrimiento general del Nuevo Mundo es obra de Colón, el descubrimiento de cada región americana tiene su Colón particular, acreedor igualmente á la gratitud de la tierra por su heroísmo descubierta y conquistada, y en mayor grado si cabe, descubridores y conquistadores como el fundador de Bogotá, admirable conjunto de cualidades rara vez unidas: letrado, historiador, poeta, capitán, poblador, gobernante. Un docto historiador colombiano de nuestro siglo reconoce, con justicia, que, á excepción de alguna falta, «el carácter noble de Quesada resplandece en la conquista y sobrepasa entre todos los caudillos de su época.»
Cuando los americanos se persuadan por entero de que su legítima emancipación es universalmente acatada, y de que sobre las transitorias luchas de un día están los permanentes intereses de la civilización y de la historia, entonces volverán, con más cariño que nunca, sus ojos á la vieja casa española, noble solar común de todos los que tienen la dicha de pensar y sentir y hablar en la lengua de los Reyes Católicos, de Hernán Cortés y Jiménez de Quesada, de Pizarro y de Valdivia.
LOS AMERICANOS EN EL ATENEO
La invitación del Ateneo á los americanos para que tomasen parte en sus conferencias históricas, simultánea de la invitación á los peninsulares, no se redujo á los Ministros de la América española, sino que se extendió también, desde su principio, á algunos escritores residentes en el Nuevo Mundo, conocidos por sus trabajos históricos.