Mas tarde algunos jóvenes filipinos fueron á España, no solo para adquirir mayores conocimientos, sino para exponer al pueblo español las verdaderas necesidades del pueblo filipino, que las autoridades españolas aconsejadas por las Corporaciones religiosas procuraban ocultar y reprimir, en vez de atender. Al efecto fundaron un periòdico sostenido por el pueblo y pidieron la regulacion de las facultades del Gobernador general; la representacion Filipina en el cuerpo legislativo español; la libertad de imprenta, de cultos y de asociacion; la prohibicion de expedientes gobernativos en que se condenaba à uno sin ser oido, ó se violaban el domicilio y la correspondencia por simples denuncias reservadas à las autoridades gobernativas; la secularizacion de las Parroquias, la equiparacion de los filipinos á los españoles en todos los derechos políticos y civiles y en la participacion en los empleos públicos, ya que aquellos solos casi soportaban las cargas públicas; muchos auxilios y pocas trabas á la agricultura, industria y comercio: en una palabra, la promulgacion en Filipinas de la constitucion española y la asimilacion completa de las mismas á cualquiera provincia de la Penìnsula española.
Los españoles desatendieron estas peticiones, bajo pretexto de que eran obra de unos cuantos ilusos, alegando que el pueblo estaba todavìa en estado salvaje, como ahora desatienden los americanos las demandas de los revolucionarios, con el pretexto de que la revolucion es obra únicamente de unos cuantos tagalos ambiciosos. ¿Còmo ha respondido el pueblo al insulto de los españoles? Con el movimiento del año 1896, iniciado y llevado á cabo por la clase menos instruida y mas numerosa del pueblo.
Los españoles trataron de cortar este movimiento, matando á Rizal y cuantos filipinos hubiesen demostrado grande amor al pais y encarcelando, torturando y deportando á casi todos los ilustrados de las provincias. Y remataron su obra, engañando á los Jefes revolucionarios, mediante promesas de libertad, consignadas en un documento privado sin valor de ninguna especie, pues no estaban dispuestos á cumplirlas.
Con la expatriacion de los Jefes revolucionarios, creyeron los españoles terminada la revolucion, cuando ésta se estaba reorganizando de una manera mas formal en el seno del pueblo, pues los hombres mas instruidos é influyentes empezaban á tomar parte en ella, para darle ideales definidos. Estalla á poco la guerra hispano-americana; Aguinaldo vuelve de Hongkong, y se manifiesta la verdadera revolucion filipina sostenida por todas las clases de la sociedad y todas las provincias y pueblos que reconocen por Jefe á Aguinaldo, no tanto por los servicios al pais en el anterior movimiento, como para evitar rivalidades perjudiciales y perniciosas.
Con tales antecedentes, creemos haber demostrado bastante que la revolucion no es obra de unos cuantos ilusos ó ambiciosos, sino del pueblo; que el pueblo no obra inconcientemented, arrastrado por esos pocos, sino obra con conciencia de lo que hace á impulsos de aspiraciones bien definidas. La desanimacion y el descontento que acaba de demostrar con motivo de los abusos cometidos por algunos Jefes revolucionarios corroboran de modo concluyente nuestro aserto.
Ahora es mas facil contestar á esta pregunta: ¿Cómo podríamos obtener la paz?. Todos contestarán con nosotros que el medio mas eficaz y seguro es que el Congreso americano dé á los filipinos lo que no pudieron obtener de los españoles. ¿Cuál es la forma de Gobierno compatible con las aspiraciones del pueblo? Conocemos tres: anexion de Filipinas como Estado, autonomía igual á la del Canadà ó Australia é independencia con protectorado. Con un Gobierno semejante al de la India que aconseja el profesor Schurman nada ganará el pueblo y creemos que con semejante oferta la paz solo podrà imponerse por la fuerza. La paz impuesta por la fuerza no dura ni garantiza el cumplimiento del compromiso contraido por los americanos de asegurar la propiedad é intereses extranjeros en Filipinas.
Se dirá que el gabinete Paterno, al subir al poder, propuso como programa de Gobierno la autonomìa igual á la del Canadá, y que la inmensa mayorìa del pueblo revolucionario no lo aceptó. Por cierto que no somos tampoco partidarios de la autonomía, y no tenemos inconveniente en repetir lo que varias veces hemos dicho fuera de aquì: que solo aceptaremos la autonomía, cuando nos convenzamos de que el pueblo no está dispuesto á sacrificarse por otra mejor. Pero debemos tener en cuenta que la autonomía propuesta por el gabinete Paterno era una infraccion manifiesta de la Constitucion que ellos mismos, como miembros del Congreso, habìan votado y pedido con insistencia que se promulgara, amenazando provocar un escándalo en caso de oposicion por parte del gabinete que estaba entonces en el poder. No obstante ¿quién sabe si el señor Paterno hubiese prosperado en sus planes y conseguido la derogacion de la Constitucion, si hubiera podido presentar una oferta formal de autonomía por parte de los americanos? Es verdad que ni la Comision ni los generales americanos podrían ofrecer mas de lo que ofrece el Presidente McKinley, que en su mensaje dice de Filipinas poco mas ó menos lo siguiente: si conseguimos aniquilar la insurreccion dentro de poco, hacemos de los filipinos lo que nos convenga; no lo conseguimos, entonces ya entraremos en transacciones, aprovechando todas las ventajas posibles. Por nuestra parte, nos limitaremos à recomendarle con el mayor respeto que no olvide estas palabras: LA SANGRE NO AHOGA, SINO AL CONTRARIO ABONA LAS ASPIRACIONES JUSTAS DE UN PUEBLO.
Se dirà que no es posible la anexion como Estado, por que los filipinos tienen distintas costumbres y otra manera de ser y que Filipinas no está comprendida dentro de la doctrina de Monroe; tampoco la autonomía, pues, segun el Profesor Schurman, Inglaterra las dió al Canadá y Australia, porque sus pobladores son capaces como pertenecientes à la misma raza de los ingleses: de aqui su preferencia á un gobierno similar al de la India, por cuanto no pertenecemos à la misma raza de los americanos. Nosotros mas conocedores de la capacidad y modo de pensar de los filipinos no seguiremos al Dr. Schurman en un camino que á nuestro juicio no conducirà à ninguna parte: aconsejaríamos al Congreso la adopcion de cualquiera de las tres fórmulas mencionadas, decretando cuanto antes la que ofrezca mayores probabilidades de ser aceptada por la generalidad de los filipinos, aunque no debiera ejecutarse, sino cuando venga la paz; de otro modo no encontramos medio alguno decisivo de asegurarla para lo futuro.
Examinaremos las razones que mueven al Presidente MacKinley á recomendar al Congreso que no tome en consideracion la fórmula de Independencia con protectorado. Hé aquì dichas razones:
1.a "La mayoría pacífica y leal, que no desea otra cosa sino la aceptacion de la autoridad americana, quedarà por la independencia á merced de los insurrectos armados." La mayorìa pacífica y leal Filipina, como la de todos los pueblos de la tierra, no desea otra cosa sino la tranquilidad, para lo cual adoptan el sistema de mostrar buena cara con todos, sin perjuicio de guardar allá en el fondo de su corazon el preciado tesoro de sus ilusiones. Dicha mayorìa, en los pueblos ocupados por las fuerzas americanas, no estàn à merced de los insurrectos armados, pero si á merced de los ladrones armados. Estos se guardaban antes de dejarse ver en los poblados, porque temían à aquellos. ¿Qué insurrectos y ladrones son una cosa? Asi lo creen los americanos, porque no conocen al pueblo filipino y por que les conviene.