Cómo Lucio recuenta una astuta manera de suerte que los echacuervos usaban para sacar dineros; y cómo fueron presos y él vendido a un tahonero.

Bien sabían engañar al pueblo aquellos limpios y buenos de mis amos, porque para sacar dineros inventaron una suerte sola; la cual aplicaban y referían a muchas cosas, y en cada pueblo de aquellos la sacaban para responder y engañar a los que les preguntaban, y consultaban sobre cosas varias; y la suerte decía de esta manera:

—Por ende, los bueyes juntos aran la tierra, porque para el tiempo venidero nazcan los trigos alegres.

Con esta suerte burlaban a todos; porque si algunos deseaban casarse, y les preguntaban cómo sucedería, decían que la suerte respondía que era muy buena para juntarse por matrimonio y para tener buenos hijos. Si alguno quería comprar una heredad, respondían que era muy bien, porque los bueyes y el yugo significaban los campos floridos y llenos de fruto. Si alguno quería ir camino y preguntaba a aquellos buenos sacerdotes de su viaje, decían que sería muy bueno, porque venían en la suerte los más mansos animales que hay en el mundo y más provechosos. Si alguno de aquellos quería ir a la guerra o a perseguir ladrones, y preguntaba si sería su ida provechosa, respondían que la victoria tenían muy cierta, según la demostración de la suerte; porque sojuzgarían al yugo las cervices de los enemigos, y habrían de lo que robasen muy abundante y provechosa presa.

Con esta manera de adivinar y con su grande astucia, no pocos dineros apañaban. Pero ya cansados de recibir dineros, aparejáronse para caminar, llevándome muy bien cargado por un camino muy bellaco de muchos lodos y lagunas, que a cada paso resbalaba y tenía gran miedo de dar con la diosa en tierra.

Saliendo de este mal camino llegamos a unos espaciosos y hermosos campos, y he aquí súbitamente a nuestras espaldas una manada de gente de a caballo, corriendo con gran ímpetu, y pegaron muy recio a los sacerdotes, llamándoles sacrílegos y regulares y grandes ladrones, engañadores y falsarios; dándoles buenas puñadas echaron a todos esposas a las manos, y con palabras muy recias les comenzaron a apretar, para que descubriesen dónde llevaban un vaso de oro que habían hurtado, y que dijesen la verdad, porque fingiendo ellos de sacrificar secretamente a la madre de los dioses que allí iba, de su estrado lo hurtaron escondidamente; y pensando escapar de la pena de tan gran traición, se partieron calladamente, antes que amaneciese, de la ciudad.

Diciendo esto, no faltó uno de aquellos caballeros que por encima de mis espaldas metió la mano debajo de las faldas de la que yo traía, y buscando bien halló el vaso de oro, el cual sacó delante de todos.

Pero con este tan gran crimen no se avergonzaron aquellos sucios bellacos, mas antes fingiendo un mentiroso reír, dijeron:

—¡Oh, qué crueldad y sinrazón! Por un vasillo que la madre de los dioses presentó a su hermana Siria, en don de haberla tenido por huésped en su casa, lleváis vosotros a sus sacerdotes presos como a homicidas.

Estas y otras tales mentiras y excusas gritando daban, mas aquellos caballeros, no curando de sus palabras, los tornaron para atrás y los metieron en la cárcel, y el vaso de oro y la diosa que yo llevaba pusieron en el templo de la madre de los dioses.