Al otro día sacáronme a la plaza, y otra vez me pusieron en almoneda, pregonando el pregonero: «¿Quién da más por él?» y un tahonero de un lugar allí cerca me compró por siete dineros más caro que el echacuervos me había comprado; el cual molinero luego me cargó muy bien de trigo, y por un camino lleno de piedras y cuestas me llevó a su tahona. Allí vi muchos caballos y acémilas que traían aquellas muelas en derredor dando vueltas siempre por un camino. Y no solamente de día, pero toda la noche hacían harina, volviendo continuamente aquellas tahonas. Pero como venía de nuevo, porque no me espantase de la novedad de aquel servicio, aposentome el nuevo señor en lugar ancho donde estuviese; aquel primer día que llegué me dejó holgar, dándome muy bien de comer.

Pero aquella bienaventuranza de holgar y comer no duró más adelante, porque al otro día siguiente bien de mañana yo fui ligado a un ingenio de aquellos, que parecía ser el mayor de todos, y cubierta mi cara fui compelido a caminar por aquel espacio redondo de canal torcida de manera que yo retornando y rehollando mis pasos en la redondez de aquel término triste y sin esperanza, y no olvidando mi sagacidad y prudencia, fácilmente me di a la novedad de mi servicio; y también cuando yo era hombre, muchas veces había visto semejantes ingenios.

Mas hallando este oficio muy trabajoso, propuse en mí de hacerme espantadizo y andar para atrás, pensando que como a asno bobo y sin provecho para aquel oficio, me enviarían a otro lugar donde tuviese más liviano trabajo, o por ventura me dejarían holgar.

Pero en balde pensé yo esta astucia dañosa, porque luego muchos de aquellos que allí estaban se pusieron alrededor de mí con varas en las manos; y como yo estaba seguro por tener los ojos tapados, súbitamente con grandes voces me dieron muchos palos, y en tal manera que con aquel ruido me espantaron, que luego dejado todo mi consejo, muy sabiamente, así como estaba ligado con aquellas cinchas de esparto, hice mis discursos y vueltas, alegre, aunque me daban harto trabajo; y con esta súbita mudanza de un extremo a otro, los que allí estaban se finaban de risa.

Ya gran parte del día había muy bien molido, y aun andaba harto desmayado y cansado, cuando me quitaron las cinchas de esparto con que andaba ligado, y lleváronme al pesebre. Pero yo, aunque había bien menester descansar, que casi estaba muerto de hambre, dejando todo refrigerio aparte, me puse a mirar la familia y gente de aquella casa. ¡Oh Dios, y qué hombrecitos había allí, pintados de las señales de los azotes que les daban, las espaldas negras de los palos, con unos enjalmillos más para cobertura que vestidura; otros solamente con paños menores cubiertas sus vergüenzas, y tan rotos, que casi todo se les parecía, herrados en la frente[4] y argollas de hierro en los pies, las cabezas trasquiladas, los ojos pelados y comidas las pestañas del humo y hollín de la casa; por lo cual todos tenían los ojos muy malos y blanqueaban con el polvo de la harina, como luchadores que se polvorean cuando quieren luchar!

Pues de mis compañeros, los otros asnos y acémilas que molían, ¿qué podría decir? ¡Cuán cansados, aquellos machos y jacones flacos, cerca de los pesebres royendo granzones de paja, los pescuezos desollados y llenos de llagas podridas, las narices abiertas para tomar más huelgo, los pechos, del muermo, tosiendo, y de los antepechos que les ponían para moler, todos pelados y llagados, que casi les parecían los huesos, las uñas de pies y manos alzadas hacia arriba de no herrarse, y mancos de andar alderredor, todo el pellejo sarnoso de magrez y flaqueza!

Mirando yo esto, temía de venir en otro tanto, y recordándome de cuando era hombre, y que había venido en tanta desventura, bajada la cabeza, lloraba, y no tenía otro solaz de mi pena, sino que con mi natural ingenio que tenía, me recreaba algo, porque no curando de mi presencia, libremente hacía y hablaba cada uno, delante de mí, lo que quería, por donde yo conocí que, no sin causa, aquel divino autor de la primera poesía[5], deseando mostrar un varón de gran prudencia entre los griegos, celebró y alabó a Ulises haber alcanzado las soberanas virtudes, por haber andado muchas ciudades y conocido diversos pueblos. Así que yo, recordándome de esto, hacía muchas gracias a mi asno, porque me traía encubierto con su figura, ejercitándome por muchos y diversos casos y fortunas, por lo cual si yo no fui prudente, al menos me hizo sabedor de muchas cosas.

IV.

Cómo Lucio cuenta un gracioso acontecimiento, en el cual la mujer del tahonero (su amo) gozó un enamorado; y tomándolos juntos los castigó, en la cual venganza le ahorcó por arte de encantamento.

Finalmente, que yo deliberé de traer a vuestras orejas una buena historia, suavemente compuesta, mejor que las que he dicho, la cual comienza: