Aquel molinero que me compró, era hombre de bien y de buena conversación, y tenía una mujer la más pésima y mala que jamás se vio, con la cual él pasaba mucha pena y enojo en su casa, que por cierto yo había mancilla de aquel buen hombre, porque ningún vicio faltaba en aquella mala mujer, que todos se habían lanzado en su cuerpo, como en sucia sentina; soberbia, cruel, lujuriosa, borracha, porfiada, avara en robar donde pudiese, gastadora en cosas sucias, enemiga de fe y de honra. Menospreciaba los dioses, y mentía jurando por ellos, y con juramentos engañaba a todos, y al mezquino del marido. Embeodábase luego de mañana, y todo el día gastaba con sus enamorados.

Esta mala mujer, con grande odio me perseguía, que en amaneciendo, antes que ella se levantase, llamaba a los mozos y mandábales que echasen a moler al asno novicio. Y como ella salía del palacio cuando se levantaba, allí, en su presencia, me mandaba dar de palos, y cuando soltaban las otras bestias temprano, mandaba que a mí dejasen hasta más tarde, que no me diesen a comer.

Y esta crueldad suya fue causa que yo más en sus costumbres mirase; de manera que yo veía a menudo entrar un mancebo en su aposento, la cara del cual yo deseaba ver, mas no podía, por los anteojos que traía; verdad es que no me faltaba astucia para descubrir, en cualquier manera, la maldad que aquella mala mujer hacía a su marido, mas una vieja que sabía toda la ruindad, y era mensajera entre ella y su amigo, nunca se partía de allí, las cuales, en amaneciendo, almorzaban, y entre sí altercaban quién bebería más del vino puro. La mala de la vieja, alcahueta, hacía estos aparatos públicos y engañosos en gran daño del triste del marido. Y aunque yo muchas veces, entre mí, me enojaba contra Andria, que por hacerme ave me tornase asno; todavía, en esta triste deformidad mía, había placer, porque como tenía las orejas largas, cualquier cosa que decían, aunque estuviese lejos, luego la oía.

Un día, estando la vieja hablando con ella, decía estas palabras:

—Hija mía, mira bien lo que te cumple acerca de este mancebo que ahora amas, porque es negligente y temeroso, y tiene miedo del gesto arrugado de tu marido, y tal enamorado no pertenece para ti, que quieres holgar y llevar buena vida en cuanto tienes tiempo; igual es Filesitero, un mancebo hermoso, gentilhombre, liberal, magnífico, y contra los celos de estos maridos muy esforzado, el cual es digno de ser enamorado de todas las mujeres del mundo, y merecedor de traer una corona de oro, por sola una cosa que hizo el otro día a un casado celoso.

Óyeme ahora, y verás cuánta diferencia hay de un enamorado a otro. Bien conoces un barbudo que es alcaide de esta villa, que tiene una mujer muy hermosa, y es muy celoso; este, pues, habiendo de ir fuera de la ciudad, dejó encomendada la guarda de su mujer a Hormigón, su esclavo, por ser más fiel y diligente. A este cometió secretamente toda la guarda de su mujer, diciéndole que si no guardaba bien a su señora, de manera que ninguno, pasando cerca de ella, solamente le tocase con el dedo o con la falda, que le echaría hierros y en cárcel perpetuamente, donde muriese de hambre, lo cual juró y perjuró muchas veces por todos los dioses. Así que con esta seguridad se partió, dejando por recio guardián a Hormigón, y bien amedrentado, el cual guardaba a su señora con tanta diligencia, que a ninguna parte la dejaba ir, y de continuo estaba sentado cerca de ella, estando hilando o haciendo otras cosas que las mujeres hacen en su casa, y si alguna vez, por grande necesidad, iba a lavarse al baño, Hormigón iba tan pegado a ella, que las faldas llevaba en la mano, y de esta manera, con mucha sagacidad cumplía lo que su señor le había mandado.

Pero no se pudo esconder a Filesitero la hermosura de esta gentil mujer, porque la bondad y castidad de ella le inflamó y puso más codicia para hacer todo lo que pudiese, y ponerse a cualquier peligro que le viniese, y con esta gana propuso de combatir y expugnar la fortaleza o casa bien guardada de la dueña, confiando y siendo cierto que la flaqueza humana, con el dinero, al cual toda dificultad es llana, se puede fácilmente derribar, que el oro por donde quiera halla entrada, aunque las puertas sean diamantes muy fuertes.

Un día, andando en este pensamiento, Filesitero halló solo a Hormigón, y díjole abiertamente toda su pena y amor, rogándole, con mucha cortesía, que diese remedio a su tormento, porque si presto no alcanzaba lo que deseaba, su muerte era muy cierta, y que en esto no temiese, porque él iría, secreto, de noche, que nadie lo sintiese, y en un momento de hora se tornaría. Estas y otras persuasiones tales diciendo, añadió un grandísimo aguijón, el cual rompió y pervirtió a Hormigón por su codicia. Echó mano a la escarcela, y sacó treinta ducados, nuevos, resplandecientes, de los cuales dijo a Hormigón que diese veinte a su señora, y tomase diez para sí.

Cuando esto oyó Hormigón, espantose de tan abominable pecado, y tapadas las orejas echó a huir; pero el resplandor y codicia que tenía del oro no le pudo huir de los ojos y del corazón, mas apartado lejos, yéndose apriesa hacia casa, representábasele la hermosura de la moneda ante los ojos, y deseaba apañar lo que ya tenía arraigado en el corazón. Con este pensamiento, el mezquino navegaba como en las ondas de la mar, ya en una cosa ya en otra. De la una parte se le representaba la fidelidad, de la otra la ganancia. De la otra la pena con que le amenazó su señor, de la otra el deleite y provecho del oro. Finalmente, que el oro venció al miedo de la muerte, y apartada de sí toda tardanza, llegose a su señora, y secretamente le dijo todo el negocio como pasaba.

Ella, con la natural liviandad, luego obligó su pudicicia al maldito metal, y consintió por apañar el dinero.