Cuando Hormigón oyó esto, lleno de placer y gozo, deseaba ya de tocar aquel dinero, que en precio de su fidelidad había ganado, y fue luego a dar la nueva a Filesitero, pidiéndole lo que le había prometido. Y como Hormigón se vio con tanto dinero, habido de buen lance, estaba tan alegre, que luego a la noche tomó a Filesitero, y lo metió secretamente en la cámara de su señora.
Los nuevos enamorados, estando ya desnudos y a placer, tomando el primer fruto de sus amores, no pensaban ni sospechaban la venida de su marido.
De improviso súbitamente comienzan a dar grandes voces a la puerta de casa, y a querer quebrar la puerta con una piedra; y cuanto más tardaban en abrirla, tanto más sospecha le ponían de la que él tenía. Así que comenzó a amenazar a Hormigón que lo mataría. Hormigón, oyendo esto, y con la prisa que le daba, estaba turbado, y con la turbación no tenía consejo, ni sabía qué hacerse, sino decía que no tenía lumbre, y que no hallaba la llave de la puerta.
En tanto, Filesitero, como oyó el ruido, arrebató su ropa, y vistiose, mas con la turbación se le olvidaron las chinelas, y saliose de la cámara.
En esto Hormigón llegó con la llave y abrió las puertas a su señor, el cual entró bramando, y luego fue derecho a la cámara. Filesitero, en tanto, botó por la puerta fuera de casa, y Hormigón cerró las puertas.
El marido, desde que vio todo seguro, ya un poco manso, fuese a dormir.
Otro día luego de mañana, como el barbudo se levantó, vio junto a la cama unas chinelas que no eran de casa, las cuales había dejado Filesitero, y sospechando y sacando de allí lo que podía ser, y cómo alguno había dormido aquella noche con su mujer, que las había dejado, calló su dolor y congoja, que ni a su mujer ni a otro de casa dijo cosa alguna, y tomó las chinelas secretamente, y metióselas en el seno, y mandó a otros siervos que le trajesen a Hormigón atado hasta la plaza.
El barbudo, yendo todavía entregruñendo, andando aprisa hacia la plaza, tenía por cierto que por las chinelas había de hallar al adúltero que sospechaba haber estado con su mujer. Iba él en este pensamiento, la cara turbia, las cejas caídas y muy enojado, y detrás de él Hormigón atado, aunque no se sabía la culpa que él tuviese; pero él mismo bien lo sabía, por lo cual lloraba, de suerte que los que le veían habían gran duelo de él.
Acaso Filesitero, que iba a otro negocio, encontró con ellos, y como vio de la manera que llevaban a Hormigón, sin miedo ni turbación, y acordándose que se le habían olvidado las chinelas en la cámara, y sospechando que por aquello llevaban así atado a Hormigón, astutamente y con su esfuerzo acostumbrado, apartó a los otros siervos y arremetió con Hormigón, y con grandes voces comenzole a dar de puñadas, y decirle:
—¡Oh malvado, ladrón ahorcado; este tu señor, y todos los dioses del cielo a quien tú has perjurado, te hagan mal y te destruyan, que me hurtaste el otro día mis chinelas en el baño; bien mereces, por cierto, ser muy bien castigado!