Con este engaño que el esforzado Filesitero hizo, el barbudo, que iba determinado de matar a Hormigón, depuesto ya de toda crueldad, tornose a su casa y llamó a Hormigón, al cual dio las chinelas y perdonó de muy buena gana, y le mandó que luego las tornase a quien las había hurtado.

Acabado de decir esto la vejezuela, comenzó la mujer del tahonero:

—Bienaventurada ella que goza de la libertad de tan constante y recio enamorado; pero yo, mezquina de mí, que caí con uno que ha miedo del sonido de la muela y de la cara cubierta de aquel asno sarnoso que allí está.

Respondió la vieja:

—Pues si tú quieres, yo emplazaré a este alegre enamorado que venga delante de ti, y luego voy por él. Cuando sea noche, espérame, que yo tornaré.

La buena mujer, con el ansia que tenía de ver aquel enamorado, aparejó muy bien de cenar, vinos excelentísimos de buenos, y la mesa puesta con todo lo demás, esperando su venida como de algún dios.

Acaso el marido cenaba aquella noche con un pelaire, un muy su amigo, y casi a mediodía, que nos soltaba de la tahona, para darnos de comer; yo no había tanto placer con la comida y descanso, cuanto porque me desataban los ojos, que libremente podía ver las artes y engaños de aquella mala mujer.

Ya el sol puesto, vino aquella vieja mala con el adúltero escondido a su lado, el cual era un mancebo gentilhombre que entonces le apuntaba la barba. Ella lo recibió con muchos besos, abrazándole, y sentáronse a la mesa.

En comenzando a cenar los primeros bocados, el marido llamó a la puerta, sin ser esperado, ni creyendo que viniera tan presto. Ella, cuando esto vio, comenzolo a maldecir, diciendo que las piernas tuviese quebradas y los ojos. Diciendo esto, y sobresaltada, metió el enamorado debajo de una artesa en que limpiaba el trigo, y sentose cerca de él, y con su malicia acostumbrada, disimulando tanta maldad, con su rostro sereno, preguntó a su marido qué era la causa por que venía tan presto, dejada la cena de su amigo.

Él le respondió con mucha tristeza, diciendo: