Estando con pena en esto, la fortuna lo hubo de proveer, porque un viejo, cojo, que tenía cargo de dar pienso a las bestias, siendo la hora de llevarnos a beber, saconos a todos juntos; lo cual me dio causa muy oportuna para vengar aquella injuria. Así que, pasando cerca de la artesa, vi como era angosta y tenía de fuera los dedos de la mano, y púsele el pie encima, apretando tan reciamente, que le desmenucé los dedos.

El adúltero, con gran dolor, dio grandes voces, y echó de sí la artesa, de manera que quedó descubierto a todos, y fue entendida la maldad que aquella mala mujer hacía.

El tahonero, cuando esto vio, no se curó mucho por el daño de la honestidad de su mujer, antes con el gesto sereno y alegre, comenzó a hablar al mozo, que estaba amarillo y temeroso de la muerte, de esta manera:

—No temas, hijo, que de mí te venga mal ninguno, ni tampoco te acusaré para que te degüellen por el rigor de la ley de los adúlteros, pues eres tan lindo y hermoso mancebo. Mas, cierto, yo te trataré igualmente con mi mujer, no te apartaré de mi heredad, mas comúnmente partiré contigo; y sin ninguna división, todos tres moraremos en uno; porque siempre yo viví con mi mujer en tanta concordia, que, según sentencia de los sabios, siempre una cosa agradó a entrambos. Por tanto, yo te quiero hacer muy bien curar de la mano que tienes maltratada.

Con estos halagos burlando, llevó al mozo a su cámara, aunque él no quiso, y a la buena de su mujer encerrola en otro aposento.

Otro día de mañana llamó a dos valientes mancebos sus criados, y mandó tomar al mozo y azotarlo muy bien en las nalgas con un azote, diciéndole:

—Pues que tú eres tan blando y tierno, y tan muchacho; ¿por qué engañas a las mujeres y andas tras las casadas, rompiendo los matrimonios, y tomando para ti, muy temprano, nombre de adúltero?

Diciéndole estas palabras y otras muchas, y habiéndolo muy bien azotado, echolo fuera de casa. Aquel valiente y esforzado enamorado, cuando se vio en libertad que él no esperaba, aunque llevaba las nalgas blandas, bien azotadas, llorando de noche y de día, huyó.

El tahonero dio carta de quita a la mujer, y luego la echó de casa.

Ella, cuando se vio desechaba del marido y fuera de su casa, y que no comía ni bebía de lo puro, como solía, ni tenía qué dar ni mandar, viéndose afrentada y maltratada, con vida triste y amarga, con su malicia y natural inclinación, tornose al marido con sus maldades, y armose de las artes que comúnmente usan las mujeres, y con mucha diligencia buscó una mala vieja hechicera, que con sus maleficios y hechizos se creía que haría todo lo que quisiese. A esta vieja dio muchas dádivas, prometiéndole otras mayores, y le rogó mucho que hiciese por ella una de dos cosas: o que amansase a su marido y se reconciliase con él, o si aquello no pudiese acabar, que enviase algún fantasma o algún diablo que le atormentase el espíritu.