Aquel su amigo, no olvidando la ley de la amistad, recibiolo de buena gana, y a mí, atados los pies y manos, subiéronme por una escalera y metiéronme en un aposento. Al hortelano metiéronlo en una canasta con su tapadera encima.
El caballero, según que después supe, como quien se levanta de una gran embriaguez, medio trompicado, como mejor pudo llegó a la ciudad, y confuso de su poco poder y fuerza, no osó decir cosa alguna a la justicia; pero callando y tragando su injuria, halló a ciertos compañeros suyos y contoles esta su fatiga y pena, a los cuales pareció que él se debía esconder y no descubrirse a nadie, porque demás de la injuria que había recibido, que era infame y baja, había de temer el juramento que había hecho de la caballería, que le fuese acusado por haber perdido su espada, y que ellos, como ya tenían señas de nosotros, pondrían mucha diligencia en buscarnos para su venganza.
No faltó un traidor vecino suyo que luego descubrió que estábamos allí escondidos.
Entonces aquellos sus compañeros fuéronse a la justicia, y mintiendo, dijeron que habían perdido en el camino una capa rica y de mucho precio de su capitán, y que la había hallado un hortelano, el cual no se la quería restituir, por lo cual estaba escondido en casa de un su amigo.
Entonces los alcaldes, viendo la querella y el robo que le decían ser hecho al capitán, vinieron a las puertas de nuestra posada, y dijeron a nuestro huésped que aquel que tenía escondido dentro en su casa, pues sabían que era ladrón, que luego le entregase antes que incurriese en pena de su propia cabeza; pero el amigo no se espantó, antes procurando la salud de aquel que había recibido en su protección y amparo, no dijo cosa de nosotros, sino que había muchos días que a tal hombre no había visto.
Los escuderos porfiaban lo contrario, jurando por vida del Emperador que allí estaba escondido, y no en otro lugar alguno.
Finalmente, que los alcaldes acordaron de mandar buscarlo, y dijeron a un alguacil que entrase a buscarlo, el cual brevemente revolvió la casa y dijo a los alcaldes que no hallaba tal hombre.
Entonces fue mayor la porfía entre los escuderos, diciendo que sabían por muy cierto que nosotros estábamos allí, y protestaban por el ayuda y favor del Emperador.
El amigo nuestro negaba, jurando por los dioses que tal hombre no estaba en su casa.
Yo, cuando oí la porfía y voces que daban, como era asno curioso, deseé saber lo que pasaba; como bajé la cabeza por una ventanilla que allí estaba, por ver qué cosa era aquel tumulto y voces que daban, uno de aquellos escuderos acaso alzó los ojos a mi sombra, que daba abajo, y como me vio, díjolo a todos, y luego levantaron un gran clamor y vocería, riéndose de cómo me vieron arriba en la ventana, y luego me hicieron bajar y tomáronme por perdido, como esclavo cautivo. Y luego, buscando bien la casa, hallaron el mezquino hortelano metido en la cesta, al cual llevaron a la cárcel para darle la pena que merecía. Y en todo esto nunca dejaron de burlar con gran risa de mi asomada a la ventana, de donde nació aquel muy usado refrán de «la mirada y sombra del asno».