—Pues dime, ¿dónde llevas este asno?
El hortelano respondió que iba a aquella ciudad que allí cerca estaba.
El caballero dijo:
—Pues yo he menester este asno, porque ha de traer, con otras acémilas, unas cargas de nuestro capitán, que aquí cerca esté.
Y luego echó la mano y arrebatome por el cabestro, y comenzome a llevar.
El hortelano, estando limpiando la sangre que de su cabeza le corría de una descalabradura que le había hecho con el sarmiento, rogábale otra vez que tratase bien y mansamente al compañero, lo cual le pedía diciendo que así Dios le prosperase e hiciese victorioso; y asimismo decía que aquel asnillo era perezoso, y demás de esto tenía una abominable enfermedad, que era gota coral, y que a mala vez acostumbraba traer de cerca de allí unos pocos de manojos de berzas, y cuando llegaba con ellos, ya no podía resollar; cuanto más para gran carga, que en ninguna manera pertenecía para ello.
Pero desde que el hortelano vio que por ningún ruego se amansaba el caballero, antes veía que se ensoberbecía más, y algunas veces alzaba la mano para darle, buscó un último remedio: fingiendo de quererle besar las rodillas para conmoverle a misericordia, y estando así bajado y encorvado, arrebatolo por entrambos los pies, y alzándolo arriba, dio con él un gran golpe en tierra, y luego saltó encima y diole muchas puñadas, y con una piedra que allí halló le sacudió muy bien en la cabeza y en las manos y brazos, de manera que lo aturdió y descalabró en muchas partes.
El caballero, con la súbita caída y mucha presteza del hortelano, no tuvo lugar de pelear; solamente gritando amenazaba al hortelano que lo había de matar, lo cual, oído por él, de nuevo le tornó a dar más crueles heridas.
Estando el pobre caballero así maltratado y tendido en tierra, no hallando ningún remedio a su salud y vida, determinó de hacerse el muerto, y así lo hizo.
Entonces el hortelano, que así lo vio, tomándole la espada, cabalgó encima de mí cuanto más aprisa pudo, y acogiose a la ciudad, no curando de ir a ver su huerta, y fuese a casa de un amigo suyo, al cual, contándole todo como había pasado, le rogó que le ayudase en aquel peligro en que estaba y que lo escondiese a él y a su asno hasta que pasase el ímpetu de la pesquisa que la justicia había de hacer.