El tiempo y razón demandan que yo cuente la manera de mi servicio, la cual era esta. Aquel mi amo que me había comprado, acostumbraba bien de mañana, cargado de coles y hortaliza, ir a la ciudad que allí cerca estaba, y después que había vendido su mercadería, cabalgaba encima de mí y tornábase a su huerta. Entretanto que él, corcovado, andaba cavando y regando su huerta, yo me recreaba a todo mi placer y descansaba callando, que en otra cosa no entendía.

Así pasaba mi triste vida, contentándome con la alegre vista de la huerta, porque como era verano era cosa placentera.

Mas no quiso mi cruel fortuna que en esta huerta hubiese rosas para tornar a ser hombre con ellas, por ser parte donde muy bien lo pudiera hacer. Viniendo el invierno, tempestuoso y revuelto el signo de Capricornio, llovía continuamente y nevaba, y yo, triste, estaba encerrado en un establo sin techo y debajo del cielo, atormentado con el continuo frío. Pero ¿cómo no estaría yo así, pues que mi señor era tan pobre que no solamente no me podía dar alguna enjalma, o siquiera un poco de tejado, mas aun para sí no lo tenía, que con la sombra de ramas de una choza, donde moraba, era contento?

Demás de esto, en las mañanas hollaba aquel lodo frío y aquellos carámbanos helados, con los pies descalzos, y aun no podía henchir su vientre siquiera de los manjares acostumbrados, porque igual era la cena a mí y a mi amo, que cierto no había diferencia; pero eran bien pocas hojas de lechugas viejas sin sabor, o aquellas que de mucha vejez están espigadas de la simiente, tan altas como escobas, que ya el zumo de ellas se había tornado como carcoma desabrida y amarga.

Viniendo un día mi amo de la ciudad de vender unas coles, encima de mí, he aquí un hombre de buena disposición, y según mostraba su hábito y gesto, debía de ser hombre de armas de alguna hueste, nos encontró en el camino y preguntó con una palabra muy soberbia y arrogante:

—¿A dónde llevas aquel asno vacío?

Mi amo no entendió su lenguaje, que era romano o latino, y bajada la cabeza, pasó adelante.

El caballero, cuando esto vio, no pudo sufrir su acostumbrada soberbia, y enojado por su callar, como si le hubiera hecho una grande injuria, diole de palos con un sarmiento que en la mano traía, y juntamente le echó de encima de mí, dando con él en tierra.

Entonces el pobre hortelano le respondió humildemente, diciendo que por no saber la lengua no podía saber ni entender lo que había dicho.

El caballero, con enojo, tornole a decir: