Aquel curioso capitán, señor de esta posada, tenía un hijo mancebo, buen letrado y virtuoso, adornado de toda modestia y piedad.
Muerta la madre mucho tiempo había, su padre se casó segunda vez y de esta segunda mujer tenía otro hijo que pasaba de doce años. La madrastra, como era rica y viciosa, no mirando a su honor, puso los ojos en su entenado.
Ahora tú, buen lector, has de saber que no lees fábulas de cosas bajas, sino tragedia de altos y grandes hechos, y que has de subir de comedia a tragedia.
Aquella mujer, en cuanto el amor se iba arraigando en su pecho, resistía y disimulaba a sus llamas; pero después que el cruel amor tomó posesión en sus entrañas, no pudiéndolo resistir, determinó hacerse enferma en cama para por este medio alcanzar lo que deseaba, diciendo que era dolor del corazón.
Ninguno hay que no entienda que la persona doliente luego muestra señales claras de su mal: la flaqueza y color amarillo de la cara, los ojos marchitos, las piernas cansadas, el reposo sin sueño, grandes suspiros y luengos, con grandes fatigas.
Quien quiera que viera a esta dueña, no creyera que estaba atormentada de ardientes fiebres, sino que lloraba. ¡Guay del seso e ingenio de los médicos! ¿Qué cosa es la vena o el pulso, o la poca templanza del calor? ¿Qué es la fatiga del resuello y las vueltas continuas de un lado a otro sin reposo? ¡Oh buen Dios, qué fácilmente se descubre el mal del amor, no solamente al médico, que es letrado, pero a cualquier hombre discreto, especialmente cuando veis a alguno arder sin tener calor en el cuerpo!
Así ella, reciamente fatigada con la poca paciencia del amor, rompió el silencio de lo que callaba mucho tiempo había, y envió a llamar a su hijo, el cual nombre de hijo ella de buena gana rayara y quitara por no haber vergüenza del mismo.
El mancebo no tardó en obedecer el mandamiento de su madre enferma, y con el gesto triste y honesto entró en la cámara para servirla en todo lo que mandase. Pero ella, fatigada de un gran dolor, estaba en mucha duda entre sí, pensando si se descubriría, por dónde le entraría y qué palabras le diría, y en esto estuvo suspensa un rato.
El mancebo, que ninguna cosa sospechaba, bajados los ojos, le preguntó qué era la causa de su presente enfermedad.
Entonces ella, hallando ocasión muy dañosa, que es la soledad, tomó osadía para decirle su pena, y llorando reciamente y temblando, le comenzó a hablar de esta manera: