—La causa y principio de este mi presente mal, y aun la medicina para él y toda mi salud y remedio, tú solo eres, porque esos tus ojos, que entraron por los míos a lo íntimo de mis entrañas, mueven un cruel encendimiento en mi corazón, por lo cual te ruego que hayas mancilla de quien por ti muere, y no te espantes que pecas contra tu padre, mas antes entiende que libras a su mujer de la muerte. Ahora tienes tiempo, pues estamos solos para cumplir mis deseos a tu voluntad, porque lo que nadie sabe no se puede decir que es hecho.
El mancebo, cuando esto oyó, turbado de tan repentino mal, aunque se espantase y aborreciese tan gran crimen, no le pareció bien desengañarla luego con palabras ásperas, antes tuvo por mejor de amansarla con dilación cautelosa; y así le respondió alegremente, que se esforzarse y curase de sí, hasta que su padre se fuese a alguna parte, y viniese tiempo libre para su placer.
Diciendo esto, apartose de la mortal vista de su madrastra; y viendo que una traición tamaña, como ella pedía que se hiciese, había menester mayor consejo que el suyo, platicó el negocio con un viejo ayo suyo, hombre muy prudente, al cual no pareció otro mejor consejo, sino que el mancebo se fuese de casa lejos, por escapar de la tempestad de la cruel fortuna.
Pero la madrastra, como no tenía paciencia para esperar, persuadió a su marido con maravillosas artes y palabras, que luego se fuese a unas aldeas que estaban bien lejos de allí. Lo cual hecho, ella con su locura apresurada, viendo que había lugar para su esperanza, demandole con mucha instancia que cumpliese con ella lo que había prometido. Pero el mancebo excusábase, diciendo ahora una cosa, ahora otra; apartándose de su abominable vista cuanto podía, hasta tanto que, conociendo ella claramente que le negaba la promesa, prestamente se le mudó su nefando amor en odio mortal. Y llamando a un esclavo suyo muy malo y aparejado para toda maldad, comunicó con él todo este negocio y pensamiento malvado que ella tenía; lo cual entre ellos platicado, hallaron por bueno que lo matasen con ponzoña. Y luego envió al esclavo a comprar la ponzoña, la cual traída, mezcláronla en un vaso con vino.
En tanto que la malvada hembra y su esclavo deliberaban entre sí la oportunidad y tiempo para podérselo dar, acaso el hermano menor, hijo propio de la mala mujer, viniendo de la escuela a la hora de comer, teniendo sed, bebió de aquel veneno que allí halló, no sabiendo la ponzoña y engaño escondido que allí dentro estaba; y después que hubo bebido la muerte que estaba aparejada para su hermano, súbitamente cayó en tierra sin ánimo.
Los familiares de casa, que esto vieron, comenzaron a dar grandes gritos, y alborotados todos de tan repentino caso, llamaron prestamente a la madre, la cual, como estaba dañada, como mala hembra, ejemplo único de la malicia de las madrastras, no conmovida por la muerte de su hijo, por el parricidio que ella misma había causado, ni por la desdicha de su casa, ni por el enojo que de ello su marido había de tener, ni por la fatiga del enterramiento del hijo, procuró venganza muy presta, por donde causó daño para su casa. Así que muy presto despachó un mensajero que fuese a su marido y le contase la muerte de su hijo.
Cuando el marido oyó estas nuevas tornose del camino, y entrando en casa, luego ella, con gran temeridad y audacia, comenzó a acusar y decir que su hijo era muerto con la ponzoña del entenado; y en esto no mentía ella, porque el muchacho era muerto con la ponzoña que estaba aparejada para el mancebo; pero ella fingía que su hijo era muerto por maldad del entenado, a causa que ella no quiso consentir en su malvada voluntad, con la cual había tentado de forzarla; y no contenta con estas tan grandes mentiras, añadía más, que porque ella había descubierto esta traición, él la amenazaba de matarla con un puñal.
Entonces, el desventurado marido fue lleno de gran saña contra su hijo, así por la traición que le quería hacer, como por la arrebatada muerte del hijo que presente tenía; de manera que deliberó de hacer morir a su hijo por justicia. Y como hubo enterrado el hijo, luego se fue a los alcaldes, y les hizo saber la maldad que su hijo había cometido, diciendo que había cometido pecado de incesto en acometer a su madre, y que era homicida en la muerte de su hermano, y no contento con esto, amenazaba a la madre que la había de matar.
Esto decía el viejo llorando muy piadosamente, y con su lloro conmovió a los alcaldes; los cuales llamaron luego un pregonero para que llamase las partes a juicio. Vino el acusador y el reo por llamamiento del pregonero; y asimismo fueron amonestados los abogados de la causa, según la costumbre del Senado y leyes de Atenas, que no curasen de hacer dilaciones, ni conmoviesen a los presentes con sus proemios. Estas cosas en esta manera pasadas supe yo, porque las oía a muchos que hablaban en ello; pero cuántas alteraciones hubo de una parte a otra, y con qué palabras el acusador decía contra el reo, se defendía y deshacía su acusación; y estando yo ausente atado al pesebre, no lo pude bien saber por entero, ni las preguntas ni respuestas, y otras palabras que entre ellos pasaron, y por esto no os podré contar lo que yo no supe; pero sí lo que hoy quise escribir en este libro.