Cómo el asno fue vendido a un cocinero y a un panadero, que eran hermanos, y de la buena vida que tenía, donde pasó cosas de mucho gusto.

Aquel caballero que me hubo de buen lance, húbose de partir para Roma, por mandado de su capitán, a llevar ciertas cartas a su general, y ante que se partiese me vendió a dos hermanos, sus vecinos, por once dineros.

Estos tenían un señor rico, y el uno de ellos era panadero, que hacía pan y pasteles, y fruta de sartén y otros manjares. El otro, cocinero, que hacía manjares muy sabrosos y delicados.

Estos dos hermanos moraban ambos en una casa, y compráronme para traer platos y escudillas, y lo que era necesario para su oficio, de manera que yo fui llamado como un tercer compañero entre aquellos dos hermanos, para andar por las aldeas de aquel caballero, y traer todo lo que era menester para su cocina, y otras muchas cosas. Y ciertamente, en ningún tiempo experimenté tan mansa mi adversa fortuna, porque a la noche después de aquellas muy abundantes cenas, y sus esplendidísimos aparatos, mis amos acostumbraban a traer a su casilla muchas partes de aquellos manjares. El cocinero traía grandes pedazos de puerco, de pollo y otras carnes, pescados, y otras muchas maneras de comer. El panadero traía pan y pedazos de pasteles, y muchas frutas de sartén, así como juncadas y pestiños, mazapanes y otras cosas de azúcar y miel, lo cual todo dejaban encerrado en su aposento, y se iban a lavar al baño. En tanto yo comía y tragaba a mi placer de aquellos sabrosos y delicados manjares que Dios me daba, porque tampoco yo no era tan loco y verdadero asno que, dejados aquellos tan dulces y costosos manjares, cenase heno áspero y duro.

Esta manera y maña de comer a hurto me duró algunos días, porque comía poco y con miedo, y como de muchos manjares comía lo menos, no sospechaban ellos engaño ninguno en el asno; pero después que yo tomé mayor atrevimiento en el comer, tragaba lo más principal y mejor de lo que allí estaba, y como yo escogía siempre lo mejor y más preciado, no pequeña sospecha entró en los corazones de los hermanos, los cuales, aunque de mí no creyesen tal cosa, todavía con el daño cotidiano, con mucha diligencia procuraban de saber quién lo hacía. Finalmente, que ellos se acusaban uno a otro de aquella rapiña y fealdad, y desde adelante pusieron cuidado diligente y mayor guarda, contando los pedazos y partes que dejaban, y cómo siempre faltaba. Roto al fin el velo de la vergüenza, el uno al otro habló de esta manera:

—Por cierto ya esto ni es justo ni humano, menospreciar y disminuir cada día más la fe que está entre nosotros, hurtando lo principal que aquí queda, y aquello vendido escondidamente, acrecientas tu caudal, y aun de ese poco que queda, llevas tu parte igual; por tanto, si a ti no place nuestra compañía, podemos quedar hermanos en todas las otras cosas, y apartarnos de este vínculo de comunidad, porque según yo veo, este mal crece mucho, de donde nos puede venir gran discordia.

El otro hermano le respondió:

—Por Dios que yo alabo este tu parecer, pues has querido prevenir a la querella de lo que hasta ahora es secretamente hurtado a entrambos, lo cual yo sufriendo muchos días entre mí mismo, me he quejado, porque no pareciese que reprendía a mi hermano de un hurto tan bajo como este; pero bien está, pues que nos hemos descubierto, para que por mí y por ti se busque el remedio de nuestro daño, y la envidia, procediendo mansamente, no nos traiga contenciones, como entre los dos hermanos Eteocles y Polinices, que el uno al otro se mataron.

Estas y otras semejantes palabras dichas el uno al otro, juraron cada uno de ellos que ningún engaño ni hurto había hecho ni cometido; pero que debían por todas las vías artes que pudiesen buscar el ladrón que aquel común daño les hacía, porque no era de creer que el asno que allí solamente estaba se había de aficionar a comer tales manjares; pero que cada día faltaban los principales y más preciados manjares; demás de esto, en su cámara no había muy grandes ratones ni moscas, como fueron otro tiempo las arpías que robaban los manjares de Fineo, rey de Arcadia.

Entretanto que ellos andaban en esto, yo, cebado de aquellas copiosas cenas, y bien gordo con los manjares de hombre, estaba redondo y lleno, y mi cuerpo ablandado con la hermosa grosura, y criado el pelo, que resplandecía; pero esta hermosura de mi cuerpo causó saberse el negocio, porque ellos, movidos de la grandeza y grosura no acostumbrada de mi cuerpo, y viendo que el heno y cebada que me echaban cada día quedaba allí sin tocar en ella, sospecharon de mí, y a la hora acostumbrada hicieron como que se iban al baño, y cerradas las puertas como solían, pusiéronse a mirar por una hendidura de la puerta y viéronme cómo estaba puesto con aquellos manjares.