Ellos, no haciendo cosa de su daño, tornaron el enojo en muy gran risa; y llamando al otro hermano, y después a todos los servidores de casa, mostrábales la gula, digna de ponerse en memoria, de un asno perezoso.
Finalmente, que tan gran risa y tan liberal tomó a todos, que vino a las orejas del señor, que por allí pasaba, el cual preguntó qué cosa era aquella de que tanto se reían, si estaban locos o mordidos de la tarántula.
Y sabido el negocio que era, él también fue a mirar por el agujero, de que hubo gran placer, y tan gran risa le tomó, que le dolían las ingles; y abierto el aposento, púsose a mirar de más cerca.
Yo, cuando esto vi, pareciome que veía próspera y amigable la cara de la fortuna, que en alguna manera ya más blandamente me favorecía, y ayudándome el gozo y placer de los que presentes estaban, ninguna cosa me turbaba, antes comía seguramente, hasta tanto que con la novedad de aquella vista, el señor de casa, muy alegremente, mandó lavar, y él mismo por sus manos me llevó a su sala, y puesta la mesa, mandome poner en ella todo género de manjares enteros, sin que nadie hubiese tocado en ellos. Yo, como quiera que ya estaba algún tanto harto de lo que había comido, pero deseando hacerme gracioso y grato al señor, y que él me tuviese en algo, comía de aquellos manjares como si estuviera muy hambriento.
Ellos, por informarse bien si yo era manso, aquello que naturalmente aborrecen los asnos, eso me ponían delante, por si lo comía, así como carne adobada, gallinas y capones salpimentados, pescados en escabeche y otras muchas cosas.
Entretanto que esto pasaba, había muy gran risa entre los convidados que allí estaban, y un truhan que allí había, dijo:
—Dad alguna cosa a este mi compañero.
A lo cual respondió el señor, diciendo:
—Pues tú, ladrón, no has hablado neciamente, que muy bien puede ser que este nuestro convidado desee beber de buena gana de este vino.
Y luego dijo a un paje: