Una sola de estas narraciones vale más que todo el resto de la obra, la historia de Psique. Tampoco fue inventada por Apuleyo, pues evidentemente procede de origen griego y muy antiguo. Esta bella narración contrasta con los cuentos licenciosos, y a veces obscenos, que Apuleyo toma de la Luciada, o añade por su cuenta, con tantas pinturas inmorales, que ponen de manifiesto una época en que se representaban en el anfiteatro los amores de Pasífae y de Leda, cuyo realismo los recomendó a la imitación de un escritor famosísimo del siglo XVI, el autor de El Príncipe y de La mandrágora[2].

III.

Las floridas son una colección de extractos o de párrafos de diversas memorias y discursos.

El estilo de estos fragmentos es ampuloso, sin variedad y sin naturalidad. Imitando el ejemplo de sus maestros de Roma, hacía Apuleyo con frecuencia discursos pueriles, cuyo único objeto era su propio panegírico y el de sus oyentes. Por fortuna ponía en ellos algunas digresiones, y a estas se deben varios detalles curiosos, relativos a los usos de la época y a las costumbres religiosas del politeísmo.

Las obras religiosas comprenden: 1.º Un tratado del Dogma de Platón, que se divide en tres libros: la filosofía natural, la filosofía moral extractada de los libros De Republica y de Las leyes, de Platón, y la lógica, que contiene los principios de Aristóteles y de los estoicos. 2.º El tratado de El mundo, que reproduce literalmente la doctrina cosmogónica de Aristóteles. 3.º El tratado de El dios de Sócrates, en el cual Apuleyo, admitiendo la realidad del genio de Sócrates, examina a qué clase de demonios pertenece.

Este libro ha sido ampliamente refutado por San Agustín. El gran doctor acusa a Apuleyo de comercio secreto con el demonio. San Jerónimo le considera como el Anticristo, y proscribe en los términos más enérgicos sus obras, como inspiradas en el espíritu del mal.

Apuleyo, sin embargo, no pasa de ser un sectario de la filosofía de Platón, y dentro y fuera del cristianismo tuvo numerosos cómplices, porque era entonces general la influencia del espiritualismo griego, no faltando entre los más doctos cristianos quien tratase de conciliar los mitos poéticos del discípulo de Sócrates, con la sublime moral de Jesucristo, uniendo de esta suerte el antiguo con el nuevo mundo.

No se empeñó en tan difícil trabajo Apuleyo, y acaso porque no tuvo ni el propósito, ni siquiera la idea, de demostrar que las doctrinas platónicas eran como el presentimiento de la gran reforma humana consumada por el cristianismo, incurrió en el anatema.

En los trabajos filosóficos que de él han llegado a nosotros, no es Apuleyo más que un traductor; no crea ningún nuevo sistema, limitándose a exponer el del maestro. Apenas se atreve a añadir algunos comentarios al texto que traduce, a la concreta exposición de las teorías del filósofo divino.

No fatiga su imaginación investigando nuevas verdades, ni examinando las reconocidas, ingeniándose en reproducir laboriosamente las mismas ideas con distintas formas. Socavando en los despojos de la antigua lengua latina, encuentra nuevas palabras para disfrazar ideas vulgares, siendo como escritor lo mismo que era como orador.