Pocos cuentos tuvieron en la antigüedad tanto éxito como el de Lucio metamorfoseado en asno gracias a un ungüento mágico, y vuelto a la humana forma al comer rosas. No era esta solamente una narración erótica, sino un cuento de género fantástico, género que también fue muy cultivado en la antigüedad.

Mientras los poetas alimentaban la imaginación popular con narraciones relativas a los dioses y las diosas del Olimpo, la superstición no dejó de multiplicar los cuentos referentes a seres sobrenaturales y a sucesos maravillosos. Para exhortar al bien a los niños, se les recitaban fábulas como las de Esopo; para apartarles del mal, cuentos terribles en que intervenían los ogros de ambos sexos de la antigüedad. Y como el imperio de la credulidad no se limita a la infancia, en todas las edades se amedrentaban con cuentos de malhechores y demonios que poblaban los espacios, de fantasmas y aparecidos.

Cuando en el primer siglo de la era cristiana el furor de la magia se apoderó de todo el mundo pagano, este aspecto de lo maravilloso abrió ilimitado campo a la fantasía de los narradores. Las novelas de amor tomaron de los cuentos fantásticos muchos de sus episodios, y no hay escritor alguno que desaproveche este recurso que aseguraba el éxito entre los lectores de su época. No es extraño que esto suceda cuando la misma historia también lo hacía; testigo, el genio que, según Plutarco, se aparece a Bruto antes de la batalla de Filipos.

Las compilaciones que han llegado a nosotros de Apolonio y de Flegón de Tralles, con título de Historias maravillosas, contienen muchos relatos de esta índole, mezclándose en algunos de ellos el artificio de una ingeniosa ficción. Luciano, en uno de sus diálogos titulado El mentiroso, incluye una serie de cuentos fantásticos que corrían en su época, uno de los cuales ha servido a Goethe para su cuento El estudiante brujo. El filósofo se burlaba de las creencias supersticiosas en su tiempo, pero el hombre de ingenio sabía aprovecharlas para asuntos de sus amenas obras. Se le cree autor de la Luciada, y muy bien pudo escribirla como entretenimiento burlesco, de igual modo que su contemporáneo el platónico Apuleyo se divirtió en hacer El asno de oro.

¿Es o no de Luciano la obra que ha llegado a nosotros con el título de Luciada? Lo que puede asegurarse es que el asunto produjo a lo menos dos obras distintas, atribuidas una a Lucio de Patras y otra a Luciano. ¿Fue este imitador de aquel, o la imitó de este algún falsificador, poniéndola bajo el nombre de Lucio de Patras? La crítica no ha podido aún resolver estas dudas. En opinión de Mr. Chassang, de cuya excelente obra sobre la novela en la antigüedad tomamos estos párrafos, es evidente que el cuento fue repetidas veces rehecho en griego, y debe ser más antiguo que la versión que ha llegado a nosotros, atribuida a Luciano.

Uno de los episodios más extraños de la novela, la monstruosa aventura del asno y de la dama de Patras, tenía precedentes en las narraciones de los poetas relativas a Pasífae y en lo que dicen los historiadores de la hija de Hipomeno.

Focio, que tuvo a la vista dos versiones en griego de esta novela, una con el nombre de Luciano y otra con el de Lucio, las aprecia y compara. Censura al supuesto Lucio de hablar de todos estos prestigios y encantos en el tono propio de quien cree lo que cuenta, y prefiere la narración de Luciano, que le parece una agradable burla de las supersticiones paganas.

De seguro el falso Lucio no creía más ni mejor que el autor de la Luciada en su propia metamorfosis; pero entre esta obra y la de Luciano había la diferencia de referir con pesadez y sin ingenio anécdotas insípidas por sí mismas, mientras que Luciano dio atractivo y belleza a tales extravagancias con una narración ligera, ingeniosa y llena de gracejo. Creemos error de la crítica, sigue diciendo Mr. Chassang, el haber negado algunas veces esta obra a Luciano; la tradición se la conserva, y el buen gusto no la encuentra indigna de él. ¿Es acaso inverosímil que hiciera en cuanto a los cuentos mágicos lo que había hecho respecto a los viajes imaginarios en su Historia verdadera? Luciano era de los que tienen el don de transformar cuanto tocan.

Uno de los méritos de la Luciada es la brevedad. La prolijidad difusa es, por lo contrario, el principal defecto de El asno de oro de Apuleyo, y este defecto tiene especial importancia en obras de asuntos frívolos. Una broma prolongada fatiga, y así sucede a la novela latina de las aventuras de Lucio.

De las dos Luciadas, la atribuida a Lucio y la que se cree de Luciano, no se sabe cuál imitó Apuleyo; pero él mismo advierte que refiere una fábula griega, y aun añade que ha hilvanado diversos cuentos del género de las fábulas milesias. Así revela el secreto de la composición del libro, que consiste en repetir todos los cuentos de la Luciada, añadiéndoles gran número de circunstancias accesorias y de narraciones episódicas.