Apuleyo no hizo otra cosa que reunir muchos de estos Cuentos milesios, entre los cuales está la historia de una madrastra enamorada, como Fedra, y un Cuento del cubero, que ha aprovechado Lafontaine.
No creemos que tenga el mismo origen la fábula de Psique, aunque algunas ficciones de pura fantasía desfiguran un poco el primitivo carácter alegórico. Los Cuentos milesios dirigíanse más a los sentidos que al sentimiento, y a lo más había en ellos alguna lección moral, como en una de las narraciones de Partenio, o alguna intención satírica, como en la Matrona de Éfeso. Este último cuento, uno de los episodios de El Satiricón de Petronio, también procedía, sin duda, de la Jonia.
Éfeso tuvo también, quizá como Mileto, su literatura erótica, y en Jenofonte de Éfeso su Arístides de Mileto. Al menos era célebre, como Mileto, por su vida voluptuosa; y ordinariamente, en cualquiera de ambas ciudades colocaban los novelistas griegos la acción de sus novelas.
Los Cuentos milesios son imagen de la primera forma de las narraciones eróticas en la antigüedad. Eran ligeros y rápidos bosquejos en el género de las trovas de la Edad Media, sin la versificación, y de los cuentos que forman el Decamerón de Boccacio y el Heptamerón de Margarita de Navarra. Destinados únicamente a entretener y excitar las imaginaciones sensuales, no tuvieron al principio ninguna pretensión literaria, y eran más agradables cuanto más naturales. Es probable que no tuvieran, por lo general, más extensión que las narraciones del mismo género que Partenio de Nicea extractó de diversas historias para que sirvieran de asuntos de elegía a su amigo Cornelio Galo.
Se ve por la obra de Partenio, por una colección idéntica de Plutarco, por algunas de las Narraciones de Conón, y por las Historias variadas de Eliano, que la influencia de los Cuentos milesios se hizo sentir hasta en la historia, introduciendo en ella algunos episodios eróticos, en su mayor número imaginarios.
Tales eran los cuentos relativos a la cortesana Ródope, que, según unos, hizo elevar una de las pirámides de Egipto, invitando a cada uno de sus amantes a llevar una piedra, y al decir de otros, llegó a ser reina de Egipto gracias a haber perdido sus pantuflos. El nombre de Ródope es tan popular entre los novelistas griegos, como el de Helena entre los poetas. En Teágenes y Cariclea las seducciones de otra Ródope casi triunfaron de la austeridad de un gran sacerdote de Menfis, y en Leucipa y Clitofonte también hay otra Ródope, pero esta es virtuosa y pura, hasta el punto de provocar con sus desdenes la venganza de Venus.
Plutarco, en sus Obras morales, cita con la Pantea de Jenofonte a la Timoquea de Aristóbulo y a la Tebea de Teopompo, nombres de algunas heroínas de los cuentos eróticos mezclados a la historia. Fácil sería aumentar esta lista con las narraciones de este género, extractadas de la historia por Conón, Partenio y Plutarco, y también se hubiera podido hacer con un libro, hoy perdido, que erróneamente se atribuyó al logógrafo Cadmo de Mileto, y cuyo título era igual al de la obra de Partenio, Relatos de pasiones amorosas.
De la historia pasaron los Cuentos milesios a los escritos de los filósofos. Rastros de ellos se advierten en el Banquete de Jenofonte, en el Tratado del amor de Clearco de Solí, en algunas obras idénticas de Teofrastro, de Aristón de Iulis, de Esfodrio el cínico, de Favorino de Arlés, y hasta en algunos de los diálogos, mezclados con narraciones, que quedan de Plutarco, sobre todo en el que lleva por título Del amor.
Bastante tiempo después, y acaso poco antes de Petronio, los cuentos de amor, tan breves en las Fábulas milesias, tan rápidos cuando iban mezclados a la historia y a las novelas históricas y filosóficas, como las que hasta ahora hemos mencionado, tomaron grande extensión y considerable desarrollo. Las antiguas narraciones del género milesio consérvanse a veces en forma de episodios en largas novelas, que ven la luz en la época romana y en la bizantina, mas en general desaparecen al convertirse en narraciones mucho más amplias, que abarcan mucho más tiempo, y que complican la acción principal con gran número de episodios, y añaden a los principales personajes multitud de figuras secundarias.
La transición del cuento a la novela no se realizó sin trabajo, y basta comparar la Luciada con La metamorfosis o El asno de oro de Apuleyo, para comprender cuán artificial era a veces el procedimiento de mezclar multitud de cuentos episódicos a la fábula principal, y cuán fácilmente se advierte la soldadura.