Estos cuentos orales eran de muchas clases. Los había morales en el género de las fábulas de Esopo y de la fábula Líbica; los había satíricos y agradables, que dieron origen a las Fábulas sibaríticas. En su origen, estas fábulas, que algunas veces llamaban Apotegmas sibaríticos, eran, más que una narración, la expresión de un chiste, y tal es el carácter de muchos de los cuentecillos que el autor de las Avispas pone en boca de Filocleón. Pero es dudoso que las Fábulas sibaríticas hayan tenido siempre su primitiva sencillez, y la estrecha alianza de Síbaris y de Mileto parece que, a la larga, confundió estas narraciones con las Fábulas milesias.

Hemos mencionado los cuentos que en la antigüedad tuvieron mayor boga, lo mismo cuando eran transmitidos de boca en boca, que cuando más tarde fueron recogidos, reformados o imitados por los escritores. Pero de estas cortas y fugitivas narraciones, a las novelas compuestas después por los retóricos, hay gran distancia.

Antes de llegar al examen de estas novelas, conviene echar rápida ojeada a las narraciones que les sirvieron de origen.

Natural era que la elegante y voluptuosa Jonia fuese la cuna de los cuentos eróticos. El nombre solo de Jonios recuerda al pueblo más felizmente dotado de los Helenos, el pueblo en cuyo seno se desarrolla más pronto la poesía, la filosofía, la música, la arquitectura, todas las elegancias y todas las delicadezas de la civilización; pero también el pueblo más dado a los refinamientos de la voluptuosidad. Sucesivamente sometido a la dominación de los Lidios y de los Persas, se cuidó siempre más de su bienestar que de la libertad, y acaso la libertad consistía para ellos en la ausencia de toda clase de cortapisa a sus placeres.

«En todos mis viajes solo he encontrado una ciudad libre, decía un sibarita, y es Mileto.» Mileto, la patria de Aspasia y de otras cortesanas tan famosas como las de Corinto, era, en efecto, modelo de este género de independencia, que le valió la admiración de los habitantes de Síbaris, y que estableció entre ambas ciudades relaciones de íntima amistad. De Mileto, como de Síbaris, salieron multitud de cuentos agradables y con sobrada frecuencia licenciosos, que esparcieron por toda Grecia la fama de ambas ciudades y la afición a las costumbres voluptuosas.

En vano fue asolada Mileto en la guerra de los Medos; en vano Síbaris fue destruida; los Cuentos milesios y sibaríticos sobrevivieron a la prosperidad de ambos pueblos y llegaron a ser la delicia de la Roma degenerada. Cuando la derrota de Craso se encontró en el bagaje de un oficial romano una colección de esta clase de cuentos, y el surena leyó el libro ante el Senado de Seleucia, para que se formara juicio de las costumbres de aquel pueblo arrogante que pretendía dominar a los Partos.

El rival de Septimio Severo, Albino, que fue algún tiempo emperador, ocupaba los ratos de ocio que su ambición le permitía, en leer a Apuleyo y en escribir Cuentos milesios, que sus cortesanos encontraban excelentes, pero no tanto su historiador Capitolino.

La colección más famosa de Cuentos milesios, es la que compuso, no se sabe en qué época, un tal Arístides de Mileto, y que tradujo en latín L. Cornelio Sisenna, dos veces citados por Ovidio, quien parece decir que la obra de Arístides había sido presentada como histórica. Probablemente era un libro en el cual, después de una breve historia de Mileto, refería numerosas anécdotas de la vida milesia; anécdotas que no eran otra cosa sino Cuentos milesios.

Hegesipo y algunos otros escritores a quienes alude Partenio de Nicea, sin nombrarlos, escribieron obras de igual índole. En la colección de cuentos amatorios que nos ha dejado este gramático, hay muchos Cuentos milesios; pues como tales deben ser considerados, no solo los que Partenio copia de Hegesipo o de cualquiera otro autor de las Historias milesias, sino todos aquellos que tienen a Mileto por lugar de la escena, y por asunto la incontinencia de las mujeres de aquella ciudad.

El recuerdo de estos cuentos se halla en todas las narraciones eróticas de la antigüedad, especialmente en las más antiguas. Uno de los interlocutores del diálogo de Luciano, titulado Los amores, hablando de tales narraciones, que acaba de oír, las llama Cuentos milesios.