Eran entonces preferidos los espectáculos heroicos de la tragedia, y aun la misma comedia, para inspirar interés, tenía que acudir a la pintura de las pasiones políticas. Solo en tiempo de Menandro, es decir, en la época de la conquista macedónica, pacificada la sociedad griega, pudo ser la comedia espejo de las costumbres privadas, y entonces también apareció la novela.

Las Fábulas milesias son sin duda de mayor antigüedad, pero en un principio eran recitaciones orales como las Fábulas frigias o el apólogo esópico, y nacieron en una sociedad muy distinta de las demás poblaciones griegas, en una sociedad donde los goces de la vida privada hacían olvidar los de la vida pública.

En la sociedad griega, antes de la conquista macedónica, y en la romana, antes del Imperio, todo concurría a retardar la pintura de los cuadros de la vida familiar. Cuando florecían sus repúblicas, griegos y romanos carecían de tiempo para dedicarse a lecturas de mera distracción del espíritu. Los asuntos públicos y privados ocupaban su vida entera, y su misma literatura era una literatura activa, una literatura viva, que se dirigía más a los oyentes que a los lectores, y que se escuchaba en templos, teatros, juegos, festines, tribunas y escuelas.

Conforme se fue extinguiendo en Grecia y Roma la actividad de la vida pública, debió extenderse la afición a la pintura de las costumbres. En las obras de Eurípides se advierte ya la tendencia de la tragedia a apartarse de las tradiciones heroicas y a acercarse a los cuadros familiares y novelescos. En la Flor de Agatón, la tragedia es una novela.

La comedia nueva aparece bajo la dominación de los sucesores de Alejandro, y en las de Menandro, de Alexis y de Filemón, aún permanece cerrado el santuario de la familia, limitándose estos poetas a retratar cortesanas, jóvenes, padres y esclavos.

Puede creerse que en la misma época se propagaron de Jonia en Grecia las Fábulas milesias, cuyos autores, más atrevidos, dirigían mirada indiscreta al interior de la familia. Pero estas fábulas eran breves cuentos, muy distintos de las extensas narraciones que empezaron en la época romana. Entonces es cuando aparecen Petronio, Apuleyo, Jámblico, Heliodoro, Aquiles Tacio, porque también empezaba nueva era para el mundo antiguo. Con el Imperio acabaron las costumbres republicanas y la vida pública; los excesos de la libertad habían muerto la libertad; no había ya ciudadanos; los particulares gozan de largos ocios que pueden dedicar a las lecturas frívolas, y los retóricos aprovechan esta holganza de la clase opulenta para entretenerla con interminables novelas de amor y de aventuras.

La verdadera patria de esta clase de narraciones es el Oriente porque siempre fue la tierra de la servidumbre política, y de la vida privada. En Oriente es donde se encuentran los ejemplos más antiguos de este género de composiciones, y en las posesiones griegas más en contacto con la vida oriental, es decir, en el Asia Menor, aparecen los primeros ensayos de la literatura novelesca de los griegos. Allí también fue donde más tarde tomó gran desarrollo.

En Jonia aparecieron las Fábulas milesias; Jámblico, autor de las Babilónicas, nació en Siria, como Luciano, que lo fue de la Luciada y de la Historia verdadera; Heliodoro era de Emesa, en Fenicia, y Aquiles Tacio de Alejandría. En Chipre, Antioquía y Éfeso vieron también la luz tres novelistas que llevan por nombre Jenofonte.

No puede, pues, negarse que la influencia del gusto oriental indujo a algunas imaginaciones hacia lo maravilloso y extraordinario y favoreció en Grecia el desarrollo de las composiciones novelescas; pero no por ello debe afirmarse que la novela griega procede de los cuentos orientales, porque el carácter de estos cuentos y de aquellas novelas es, por regla general, distinto. Aunque las pinturas en las novelas sean poco naturales y verosímiles, todo en ellas es griego, hasta los cuadros del mundo oriental. El elemento maravilloso que ocupa algún espacio en varias de estas narraciones fabulosas, no tiene jamás la amplitud y franqueza con que domina en los cuentos de Oriente. El gusto de la novela pasa de Oriente a Grecia; pero la novela se transforma en manos de los griegos, pues sabido es con cuánta facilidad la raza griega se asimila e imprime el sello de su genio a cuanto coge de las civilizaciones extranjeras.

Eran los griegos, naturalmente, aficionados a cuentos. Antes que las narraciones fabulosas llegaran a ser en manos de los retóricos un género literario, se habían hecho multitud de cuentos orales, en los que se había desvanecido, hasta desaparecer, la influencia oriental. Unas veces eran cuentos de madres y nodrizas a los niños; otras de ociosos y desocupados en las barberías; hasta en las encrucijadas de las calles de Atenas había charlatanes, cuyo oficio consistía en entretener a los transeúntes con sus cuentos, como el Filepsio de Aristófanes.