Los dos párrafos anteriores han sido puestos en latín por el editor, presumiblemente por su carácter explícito. La traducción que hizo de ellos López de Cortegana, en castellano del final del siglo XV, fue la siguiente:
«Esto hecho besome muy apretadamente, no de la manera que suelen besar las mujeres que están en el burdel, u otras rameras de mandonas, o las que suelen recibir a los negociantes que vienen, sino pura y sinceramente sin engaño. Y dende comenzome a hablar muy blandamente, diciendo: Yo te amo, y te deseo, y a ti solo, y sin ti ya no puedo vivir: y semejantes cosas con que las mujeres atraen a otros, y les declaran sus aficiones y amor que les tienen. Así que tomome por el cabestro, y como ya sabía la costumbre de aquel negocio, fácilmente me hizo abajar. Mayormente que yo bien veía que en aquello ninguna cosa nueva ni difícil hacía, cuanto más a cabo de tanto tiempo que hubiese dicha de abrazar una mujer tan hermosa, y que tanto me deseaba. Demás de esto yo estaba harto de muy buen vino, y con aquel ungüento tan oloroso que me había untado, desperté mucho más el deseo y aparejo de la lujuria.
»Verdad es que me fatigaba entre mí no con poco temor, pensando en qué manera un asno como yo podría abrazar con mis duras uñas, unos miembros tan blancos y tiernos hechos de miel y de leche: y también aquellos labios delgados, colorados como rocío de púrpura, había de tocar con una boca tan ancha y grande: y besarla con mis dientes disformes y grandes como de piedra. Finalmente que yo conocía que aquella dueña estaba encendida dende las uñas hasta los cabellos; guay de mí, que rompiendo una mujer hija dalgo como aquella, yo había de ser echado a las bestias bravas que me comiesen y despedazasen, y haría fiesta a mi señor. Ella entretanto tornaba a decir aquellas palabras blandas, besándome muchas veces y diciendo aquellos halagos dulces con los ojos amodorridos diciendo en suma: Téngote, mi palomino, mi pajarito: y diciendo esto mostró que mi miedo y mi pensamiento era muy necio. Tanto que por Dios yo creía que me faltaba algo para suplir su deseo, por lo cual yo pensaba que no de balde la madre del Minotauro se deleitaba con el toro su enamorado.»
Ya que la noche trabajosa y muy velada era pasada, ella, escondiéndose de la luz del día, partiose de mañana, dejando acordado otro tanto precio para la noche venidera, lo cual aquel mi maestro concedió de su propia gana sin mucha dificultad por dos cosas: lo uno por la ganancia que a mi causa recibía; lo otro, por aparejar nueva fiesta para mi señor. En fin, que sin tardanza ninguna le descubrió todo el aparato del negocio y en qué manera había pasado.
Cuando él oyó esto, hizo mercedes magníficamente a aquel su criado, y mandó que él me aparejase para hacer aquello en una fiesta pública.
V.
Cómo se buscaba a una mujer que estaba condenada o muerte, para que en unas fiestas tuviese acceso con el asno en el teatro público, y cuenta el delito que había cometido aquella mujer.
Porque aquella buena de mi mujer, por ser de linaje y honrada, ni tampoco otra alguna se pudo hallar para aquello, buscose una de baja condición por gran precio (la cual estaba condenada por sentencia de la justicia, para ser echada a las bestias), para que públicamente, delante del pueblo, en el teatro, se echase conmigo; de la cual yo supe esta historia:
Aquella mujer tenía un marido, el padre del cual, partiéndose a otra tierra muy lejos, dejaba preñada a su mujer, madre de aquel mancebo, y mandole que si pariese hija, que luego que fuese nacida la matase.
Ella parió una hija, y por lo que el marido le había mandado, habiendo piedad de la niña, como las madres la tienen de sus hijos, no quiso cumplir aquello que su marido le dijo, y dióla a criar a un vecino.