Después que tornó el marido, díjole como había muerto a una hija que parió. Pero después que ya la moza estaba para casar, la madre no la podía dotar sin que el marido lo supiese, y lo que pudo hacer fue que descubrió el secreto a aquel mancebo hijo suyo, porque temía quizá por ventura no se enamorase de la moza, y con el calor de la juventud, no sabiéndolo, incurriese en mal caso con su hermana, que tampoco lo sabía.
Mas aquel mancebo, que era hombre de noble condición, puso en obra lo que su madre le mandaba y lo que a su hermana cumplía, y guardando mucho el secreto, por la honra de la casa de su padre, y mostrando de parte de fuera una humanidad común entre los buenos, quiso satisfacer a lo que era obligado a su sangre, diciendo que por ser aquella moza su vecina desconsolada y apartada de la ayuda y favor de sus padres, la quería recibir en su casa so su amparo y tutela, porque la quería dotar de su propia hacienda y casarla con un compañero muy su amigo y allegado.
Pero estas cosas, así con mucha nobleza y bondad bien dispuestos no pudieron huir de la mortal envidia de la fortuna; por disposición de la cual, luego los crueles celos entraron en la casa del mancebo, y luego la mujer de aquel mancebo, que ahora estaba condenada a ser echada a las bestias por aquellos males que hizo, comenzó primeramente a sospechar contra la moza que era su combleza y que se echaba con su marido, y por esto decía mal de ella. De aquí se puso en acecharlos por todos los lazos de la muerte.
Finalmente, que inventó y pensó su traición y maldad de esta manera:
Esta mujer hurtó a su marido el anillo y fuese a la aldea donde tenía sus heredades, y envió a un esclavo suyo que le era muy fiel, aunque él merecía mal por la fe que le tenía, para que dijese a la moza que aquel mancebo, su marido, la llamaba que viniese luego allí a la aldea, adonde él estaba, añadiendo a esto que muy prestamente viniese sola y sin ningún compañero, y por que no hubiese causa para tardarse, dio el anillo que había hurtado a su marido, el cual, como lo mostrase ella, daría fe a sus palabras. El esclavo hizo lo que su señora le mandaba, y como aquella doncella oyó el mandado de su hermano, aunque este nombre no lo sabía otro, viendo la señal que le mostró, prestamente se partió sin compañía como le era mandado.
Pero después que caída en el hoyo del engaño, sintió las asechanzas y lazos que le estaban aparejadas, aquella buena mujer, desenfrenada, y con los estímulos de la lujuria, tomó a la hermana de su marido. Primeramente, desnuda, la hizo azotar cruelmente, y aunque ella, hablando lo que era verdad, decía que por demás tenía pena y sospecha que era su combleza, y llamado muchas veces el nombre de su hermano, aquella mala mujer la lanzó un tizón ardiendo entre las piernas, diciendo que mentía y fingía aquellas cosas que decía, hasta que cruelmente la mató.
Entonces, el marido de esta y su hermano, supo su amarga muerte por los que corrieran presto a la aldea donde estaba, y después de muy llorada, pusiéronla en la sepultura.
El mancebo, su hermano, no pudiendo tolerar ni sufrir con paciencia la rabiosa muerte de su hermana, y que sin causa había sido muerta, conmovido y apasionado de gran dolor que tenía en medio de su corazón, encendido de un mortal furor de la amarga cólera, ardía con una fiebre muy ardiente y encendida, de tal manera, que ya a él le parecía tomar medicinas.
Pero la mujer, la cual antes de ahora había perdido con la fe el nombre de su mujer, habló a un físico, que notoriamente era falsario y mal hombre, el cual tenía ya hartos triunfos de su mano, y era conocido en las batallas de semejantes victorias, y prometiole cincuenta ducados por que le vendiese ponzoña que luego matase, y ella comprase la muerte de su marido; la cual, como vido la ponzoña, fingió que era necesario aquel noble jarabe que los sabios llaman sagrado, para amansar las entrañas y sacar toda la cólera. Pero en lugar de esta medicina que ella decía, puso otra maldita para ir a la salud del infierno.
El físico, presentes todos los de casa y algunos amigos y parientes, quería dar al enfermo aquel jarabe, muy bien destemplado por su mano, pero aquella mujer, audaz y atrevida, por matar juntamente al físico con su marido, como a hombre que sabía su traición, y no la descubriese, y también por quedarse con el dinero que le había prometido, detuvo el vaso que el físico tenía, y dijo: