—Señor doctor, pues eres el mejor de los físicos, no consiento que des este jarabe a mi marido sin que primeramente tú bebas de él una buena parte; porque ¿cómo sé yo ahora si por ventura está en él escondida alguna ponzoña mortal? Cierto no se ofende, siendo tan prudente y tan docto físico, si la buena mujer, deseosa y solícita acerca de la salud de su marido, procura piedad para su salud necesaria.

Cuando el físico esto oyó, fue súbitamente turbado por la maravillosa desesperación de aquella mujer, y viéndose privado de todo consejo por el poco tiempo que tenía para pensar que con su miedo o tardanza diese sospecha a los otros de su mala conciencia, gustó una buena parte de aquella poción.

El marido, viendo lo que el físico había hecho, tomó el vaso en la mano y bebió lo que quedaba.

Pasado el negocio de esta manera, el médico se tornaba a su casa lo más presto que podía, por tomar alguna saludable poción para apagar y matar la pestilencia de aquel vino que había tomado. Pero la mujer, con porfía y obstinación sacrílega, como ya lo había comenzado, no consintió que el médico se apartase de ella tanto como una uña, diciendo que no se partiese de allí hasta que el jarabe que su marido había tomado fuese digerido, y pareciese probado lo que la medicina obraba.

Finalmente, que fatigada de los ruegos e importunaciones del físico, contra su voluntad, y de mala gana, lo dejó ir.

Entretanto, las entrañas y el corazón habían recibido en sí aquella ponzoña furiosa y ciega; así que él, lisiado de la muerte y lanzado en una graveza de sueño que ya no se podía tener, llegó a su casa, y apenas pudo contar a su mujer cómo había pasado. Mandole que, al menos, pidiese los cincuenta ducados que le había ofrecido, en remuneración de aquellas dos muertes. En esta manera aquel físico, muy famoso abogado, con la violencia de la ponzoña dio el ánima.

Ni tampoco aquel mancebo, marido de esta mujer, detuvo mucho la vida, porque entre las fingidas lágrimas de ella, murió de otra muerte semejante.

Después que el marido fue sepultado, pasando pocos días, en los cuales se hacen exequias a los muertos, la mujer del físico vino a pedir el precio de la muerte doblada de ambos maridos; pero aquella mujer mala, en todo semejante a sí misma, suprimiendo la verdad y mostrando semejanza de querer cumplir con ella, respondiole muy blandamente, prometiendo que la pagaría largamente y aun más adelante, y que luego era contenta con tal condición, que le quisiese dar un poco de aquel jarabe para acabar el negocio que había comenzado.

La mujer del físico, inducida por los lazos y engaños de aquella mala hembra, fácilmente consintió en lo que le demandaba, y por agradar y mostrarse ser servidora de aquella mujer que era muy rica, muy prestamente fue a su casa y trajo toda la bujeta de la ponzoña, y diósela a aquella mujer, la cual, hallada causa y materia de grandes maldades, procedió adelante largamente con sus manos sangrientas.

Ella tenía una hija pequeña de aquel marido que poco ha había muerto, y a esta niña, como la venían por sucesión los bienes de su padre, como el derecho manda, queríala muy mal, y codiciando con mucha ansia todo el patrimonio de su hija, deseábala ver muerta. Así que ella, siendo cierto que las madres, aunque sean malas, heredan los bienes de los hijos difuntos, deliberó de ser tan buena madre para su hija cual fue mujer para su marido, de manera que cuando vio tiempo ordenó un convite, en el cual hirió con aquella ponzoña a la mujer del físico, juntamente con su misma hija, y como la niña era pequeña y tenía el espíritu sutil, luego la ponzoña rabiosa se entró en las delicadas y tiernas venas y entrañas, y murió la mujer del físico.