En tanto que la tempestad de aquella poción detestable andaba dando vueltas por sus pulmones, sospechando primero lo que había de ser, y luego como se comenzó a hincar, ya más cierta que lo cierto, corrió presto a la casa del senador, y con gran clamor comenzó a llamar su ayuda y favor, a las cuales voces el pueblo todo se levantó con gran tumulto. Diciendo ella que quería descubrir grandes traiciones, hizo que las puertas de la casa, y juntamente las orejas del senador, se le abriesen, y contadas por orden las maldades de aquella cruda mujer desde el principio, súbitamente tomó un desvanecimiento de cabeza, cayó con la boca medio abierta, que no pudo más hablar, y dando grandes tenazadas con los dientes, cayó muerta ante los pies del senador.
Cuando él vio esto, como era hombre ejercitado en tales cosas, maldiciendo la maldad de aquella hechicera, que a tantos había muerto, no permitió que el negocio se enfriase con perezosa dilación, y luego, traída allí aquella mujer, apartados los de su cámara, con amenazas y tormentos sacó de ella toda la verdad, y así fue sentenciada que la echasen a las bestias.
Como quiera que esta pena era menor que la que ella merecía, diéronsela, porque no se pudo pensar otro tormento que más digno fuese para su maldad.
Tal era la mujer con quien yo había de hacer matrimonio públicamente, por lo cual, estando así suspenso, tenía conmigo muy gran pena y fatiga, esperando el día de aquella fiesta, y por cierto muchas veces pensaba tomar la muerte con mis manos y matarme, antes que ensuciarme juntándome yo con mujer tan maligna, o que hubiese yo de perder la vergüenza con infamia de tan público espectáculo.
Pero privado yo de manos humanas, y privado de los dedos, con la uña redonda y maciza no podía apretar espada ni cuchillo para hacer lo que quería. En fin, yo consolaba estas mis extremas fatigas con una muy pequeña esperanza, y era que el verano comenzaba ya, y que pintaba todas las cosas con hierbezuelas floridas, y vestía los prados con flores de muchos colores, y que luego las rosas, echando de sí olores celestiales, salidas de su vestidura espinosa, resplandecerían y me tornarían a mi primer Lucio, como yo antes era.
VI.
Lucio, asno, cuenta cómo se representó en un teatro
el Juicio de Paris y otras cosas, y cómo huyó de allí.
Mi señor, determinando hacer gran fiesta al pueblo, como ya dije, mandó hacer un teatro muy suntuoso, en el cual se habían de hacer muchos juegos e invenciones, y yo había de ser el postrer juego, porque había de bailar y hacer mis habilidades delante de todo el pueblo, y después de todo esto, habían de soltar muchas fieras bravas y fuertes a una mujer que tenía graves crímenes, para que la comiesen.
En esto he aquí do viene el día que era señalado para aquella fiesta, y con gran pompa y favor, acompañándome todo el pueblo, yo soy llevado al teatro. Y en tanto que comenzaban a hacer principio de la fiesta ciertas danzas y representaciones, yo estuve quedo ante la puerta del teatro, paciendo grama y otras hierbas frescas, que yo había gran placer de comer; la puerta del teatro estaba abierta y sin impedimento; muchas veces recreaba los ojos, mirando aquellas fiestas graciosas. Porque allí había mozos y mozas de florida edad, hermosos en sus personas y resplandecientes en las vestiduras, saltadores, que bailaban y representaban una fábula griega que se llama pírrica, los cuales, dispuestos sus órdenes, daban sus graciosas vueltas, unas veces en rueda, otras en ordenanza torcida, otras veces hechos una cuña en manera cuadrada, y apartándose unos de otros.
Después que aquella trompa con que tañían hizo señal que acababan ya la danza, fueron quitados los paños de raso que allí había, y cogidas las velas aparejose el aparato de la fiesta, el cual era de esta manera: