Estaba allí un monte de madera, hecho a la forma de aquel muy nombrado monte, el cual el gran poeta Homero celebró llamándolo Ida, adornado y hecho de muy excelente arte, lleno de matas y árboles verdes; y encima del altura del monte manaba una fuente de agua muy hermosa, hecha de mano de carpintero, y allí andaban unas pocas cabrillas, que comían de aquellas hierbas. Estaba allí un mancebo muy hermosamente vestido, con un sombrero de oro en la cabeza y una ropa al hombro, a manera de Paris, pastor troyano, el cual mancebo fingía ser pastor de aquellas cabras.
En esto vino un muchacho muy lindo, desnudo, salvo que en el hombro izquierdo llevaba una ropa blanca, los cabellos rubios; entre ellos saltaban unas plumas de oro, juntas unas a otras. El cual, según el instrumento y verga que llevaba en la mano, manifestaba ser Mercurio.
Este, saltando y bailando con una manzana de láminas de oro que llevaba en su mano, llegó a aquel que parecía ser Paris, y diósela, diciéndole lo que Júpiter mandaba que hiciese, y luego se fue.
Entró luego una doncella honesta en su gesto, semejante a la diosa Juno, porque traía con una diadema blanca ligada la cabeza, y traía asimismo un cetro real. Tras de esta salió otra que luego parecía que era Minerva, la cabeza cubierta con un yelmo resplandeciente, y encima traía una corona de ramos de oliva, con una lanza y una adarga, meneándola a una parte y a otra, como cuando ella pelea. Después de estas entró otra muy poderosa; con hermosa vista y la gracia de su divino color, manifestaba que debía ser la diosa Venus, cual ella era cuando fue doncella, el cuerpo desnudo y sin ninguna vestidura, mostrando su perfecta hermosura, salvo que con un velo sutil de seda cubría su vergüenza, el cual velo un airecillo curioso enamoradamente meneaba. El color de esta diosa era tan hermoso, que el cuerpo era blanco y claro, como cuando sale del cielo, y la vestidura azul, como cuando torna de la mar.
Estas tres doncellas, que representaban aquellas tres diosas, traían sus compañas consigo que las acompañaban. A Juno acompañaban Cástor y Pólux, cubiertas las cabezas con sus yelmos y cimeras adornados de estrellas; pero estos dos pastores eran dos muchachos de aquellos que representaban la fábula. Esta doncella, aunque la trompa tenía diversos sones y bailes, salió muy reposada y sin hacer gesto ninguno, y honestamente, con su rostro sereno, prometió al pastor, que si le diese aquella manzana, que era premio de la hermosura, le daría el reino y señorío de toda Asia. A la otra doncella, que en el atavío de sus armas parecía Minerva, acompañaban dos muchachos pajes, que llevaban las armas de esta diosa de las batallas, a los cuales llamaban, al uno Espanto, y al otro Miedo. Estos venían saltando y esgrimiendo con sus espadas sacadas; a las espaldas de ellos estaban las trompetas, que tañían como cuando entran en las batallas, y junto con las trompetas bastardas tocaban clarines, de manera que incitaban a gana de ligeramente saltar.
Esta doncella, volviendo la cabeza, y con los ojos que parecía que amenazaban, saltando y dando vueltas muy alegremente, decía a Paris, que si le diese la victoria de la hermosura, que lo haría muy esforzado y muy famoso, con su favor y ayuda en los triunfos de las batallas.
Después de esto, he aquí do sale Venus, con gran favor de todo el pueblo que allí estaba, y en medio del teatro, cercada de muchachos alegres y hermosos, y riéndose dulcemente, estuvo queda con gentil continencia.
Cierto, quien quiera que viera aquellos niños gordos y blancos, dijera que eran dioses del amor, como Cupido, que a honrarla habían salido de la mar, o volado del cielo, porque ellos conformaban en las plumas, arcos y saetas, y en todo el otro hábito, al dios Cupido, y llevaban hachas encendidas, como si su señora Venus se casara. Asimismo, otro linaje de damas hermosas la cercaban: de una parte, las gracias agradables, y de la otra, las muy hermosas horas, que son ninfas que acompañan a Venus, las cuales, por agradar a su señora, con sus guirnaldas de flores, y otras en las manos que por allí echaban y derramaban, hacían un corro muy bien ordenado por dar placer a su señora con aquellas hierbas y flores del verano.
Ya las chirimías tocaban dulcemente aquellos cantos y sones músicos y suaves, los cuales deleitaban suavemente los corazones de los que allí estaban mirando; pero muy más suavemente se conmovían con la vista de Venus, la cual muy paso a paso, por medio de aquellos niños y de sus plumas y alas, moviendo poco a poco la cabeza, comenzó a andar, y con su gesto y aire delicado a responder al son y canto de los instrumentos, una vez bajando los ojos, otra vez parecía que amenazaba con las pestañas, y algunas veces parecía que saltaba con solos los ojos. Esta, como llegó ante la presencia del juez, echole los brazos al cuello, prometiéndole que si ella llevase la victoria, que le daría una mujer tan hermosa como ella.
Entonces aquel mancebo troyano de muy buena gana le metiera en la mano aquella manzana de oro, que era victoria.